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lunes, 6 de septiembre de 2021

apuntes para un agosto fracturado


Leo la novela “el verano que mi madre tuvo los ojos verdes”. Me la ha prestado A. para amenizarme el verano que mi madre tuvo la pierna de su hijo azul.

Ahora mi vida es lenta y sencilla como un blues en un transistor de pilas agotadas. Tengo tiempo de ver "pasapalabra", de leer todas las cookies. En distintos idiomas. Hasta me informo sobre el cultivo del guisante. Estoy pensando en plantar un huerto. Tal vez de rodillas. Como una especie de reverencia a esta tierra arcillosa que se ablanda bajo el peso de mi suela izquierda. Para que la ausencia de cosechas me ayude a diferenciar las estaciones de un año yermo. Lento y sencillo como una escalera o un coágulo.

Qué extraño espectáculo de los sentidos es un blíster. Tan brillante en cada fisura de su papel metálico como una lámpara de quirófano sobre tus córneas. Tan sonoro en el hundimiento de cada ampolla de plástico como la cortical de un peroné al astillarse bajo la carne. Un objeto que concentra el consuelo sensorial mínimo para todo enfermo medicado. Fascinados y cabizbajos sosteniendo entre las manos este objeto prodigioso. Un blíster. Fascinados aunque la droga que contenga en su interior no distorsione la percepción del mismo.

Ahora mi vida es lenta y sencilla. Como una herencia o un triciclo. Tengo tiempo de observar formarse y descargar tormentas de verano sobre la carretera comarcal. Y respiro el olor a asfalto mojado mientras los días se secan y a lo lejos comienza otro incendio. Lento y sencillo
 como un eclipse o una cremallera.

Juego a elegir una canción al día. Una pieza exacta, insustituible, vinculada a la jornada por una razón íntima que no revelo. Envío por whatsapp el enlace de spotify a R., y pego otro de youtube en mi muro de facebook. Casi unas migas de pan por el sendero de montaña que no debí haber cogido. Un acertijo para nadie y contra mí. Algo que me permita, desde el futuro, confeccionar una lista sonora temática que vaya enhebrando las emociones de mi convalecencia. Lenta y sencilla como una avispa resucitada de la piscina por un recogehojas.

Un verano con demasiado tiempo no tiene porqué volverte loco. Pero prestas atención a las catástrofes naturales de los informativos. Y a las fotos felices de las vacaciones de tus contactos. Y entonces entiendes que el ser humano se extingue a toda velocidad. Y que no te importa porque desprecias (a toda ferocidad) la estupidez de esos padres orgullosos que exponen gratuitamente el rostro de sus hijos en las redes sociales.

Ahora mi vida es lenta y sencilla. Como un guiso antiguo, una lepra, un ZX Spectrum. Hasta he pensado en escribir por el simple placer de solamente hacerlo. Sin la autoexigencia de dotar al texto de una narración ordenada ni de una coherencia formal. Ni siquiera de un final suficiente, que complete el relato o al menos sea fácil de identificar cuando no llegue. Como una cosecha de migas de pan olvidadas en un camino de polvo de hueso.


miércoles, 11 de agosto de 2021

tormenta en Wyoming


Me he puesto a dibujar una muleta.
A lápiz y sobre un bloc de papel de la marca Gvarro que me regaló R.Cuando a 550 km de distancia le dije por teléfono que había tenido un accidente de montaña, me aseguró que me conseguiría unas muletas.
Me tranquilizó mucho esa promesa, me llenó de ánimo.
Y aquí las tengo.

Deslizo ahora la mina de grafito sobre la superficie árida de la lámina.
Y pienso que el éxito real es poder contar con alguien que se preocupe por ti desde algún sitio y te procure algo absurdo en un momento dado, una necesidad puntual y prosaica.
Alguien que complete por ti una tarea de lo más banal, pero que percibes transitoriamente desde tu juicio convaleciente como una hazaña fuera de tu alcance (y que te inflige además una pereza paralizante). Qué consuelo y qué quietud poder desentenderte de ese cometido. Confiarlo a quien sabe materializar todo su miedo a tu dolor en un objeto tangible.
Con gracia y sencillez.
Alguien que se las arregla misteriosamente para arrastrar a la luz desde la nada, por ejemplo, unas muletas.
Éstas.

Durante mi infancia, siempre recuerdo a mi abuelo paterno sostenido por unas muletas.
Sufría una cojera consecuencia del tétanos que lo había tenido en coma durante varios meses. Después, nunca dejó de hacer nada que se hubiera propuesto. Lo hacía más despacio, podía tardar días, daba rodeos a través de pequeños logros secundarios que posibilitaran el objetivo final. Descansaba, y volvía firme en su convicción, siempre apoyado en sus muletas, a veces mediante otros tantos inventos propios que diseñaba y elaboraba con elementos rudimentarios para salvar sus dificultades de movilidad.

Me dieron el alta y R. me trajo a casa de mis padres. Celebramos todos juntos el 90 cumpleaños de mi abuela, que me vio en muletas, sopló las velas de su tarta, y no paró de hablar de mi abuelo en toda la tarde.
Viajó mi abuela hasta mi abuelo a través de mis muletas.

Por eso, supongo, la imagen de este simple artículo de ortopedia es para mí todo un símbolo de tesón e ingenio, de paciencia y de capricho, de persistencia hasta el éxito. Raigambre e inteligencia práctica alcanzando mi cuerpo desde el recuerdo y la niebla mal iluminados de un antepasado muerto. Un misterio que encierra todo el orgullo familiar que heredo inesperadamente este agosto de 2021.
Encriptado en unas muletas.

Hago resonar en mi pensamiento las tres sílabas de la palabra "muleta". Pronuncio después en alto, muy despacio, para mi absoluta soledad, la palabra completa. Me dedico ese lujo ridículo, una exhibición fugaz e íntima de inofensiva locura. Y caigo en la cuenta de que tiene “muleta” una fonética desgraciada comparada con la perfecta belleza que completa la suma total de sus significados. Existe en la palabra muleta un desequilibrio aberrante. Veo en ella un eje torcido, una proporción lisiada, una tara, no sé. Le ofrecería mis buenas muletas, a muleta, yo, ahora mismo.

Hacía más de diez años que no dibujaba nada.
Con lo que me gustaba de pequeño, de verdad que no consigo explicármelo.

Para dibujar la muleta tengo que observarla detenidamente. Escruto su estructura con dureza, clavando la mirada en sus formas. Recorro su perfil primero con la retina, después con el tacto frío de sus líneas metálicas bajo mis dedos. Para al final duplicar su anatomía ya deformada sobre el papel, conformando el esbozo de grises. Observo y dibujo la muleta como si estuviera domando un caballo mustango al que confiar el peso de mi cuerpo enfermo. En mitad de una llanura de Wyoming atravesada por una tormenta. No me importa las veces que el animal salvaje me tire al suelo (total, ya tengo huesos rotos). Voy a herrar esas muletas y colocarle una montura. Mi severidad de hoy serán la confianza y la libertad que ellas me devuelvan durante semanas.

Concentra esta muleta mi equilibrio sobre el mundo.
He terminado el dibujo, comienza mi recuperación.
Creo que me ha quedado bastante torcida.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ginés F. Castillo. Archena, 1960.

Su primera incursión en el panorama expositivo data de 1984 cuando presenta en Madrid, en la galería de artesanía Tartessos, un grupo de piezas cerámicas realizadas a mano y cocidas con la técnica de raku-yaki. Poco después, el Premio Valladolid de Escultura de 1985 selecciona una de sus cabezas en barro: “La Piedra de la Locura”; acicate que le llevará al estudio de la figura humana y a su particular interpretación, representándola y vaciándola en materiales diversos, siendo el barro refractario, el hormigón y el poliéster los más utilizados en sus esculturas de estilo figurativo expresionista, de manifiesto en obras como “Génesis” (ARCO’88. Madrid en Vanguardia. Fundación Colegio del Rey. Alcalá de Henares) y “Retrato de Hombre Cansado” premiado en su día por La Fundación Antonio Saura. Casa Zabala, Cuenca.

Años más tarde, su inquieto espíritu investigador, le llevará a experimentar la expresión plástica en dos dimensiones sobre cuadros en los que, rindiendo homenaje a los propios materiales (todavía más escultóricos que pictóricos) es conducido por los caminos del informalismo de la segunda mitad del siglo XX y por el expresionismo abstracto aún presente en su obra, aunque hoy más inclinado hacia una tímida, casi minimalista, representación de lo figurativo; hecho que se evidencia en su última exposición individual titulada “Antumbra”, expuesta simultáneamente en las galerías ”Pilares” y “Por Amor al Arte” en la ciudad de Cuenca, así como en otras colectivas y en ferias nacionales como ART MADRID, DONOSTIARTEAN o ROOM ART FAIR.

En la muestra que hoy presentamos el artista nos enseña los “Lugares” de sí, expresados mediante composiciones a base de collages y espacios que se autocrean gracias a la presencia y disposición de pequeñas huellas o impresiones de objetos descontextualizados cargados de un cierto simbolismo y que nos recuerda aquello que el propio Ginés reconoce en su statement:“La dimensión temporal de lo vivido y la materia como protagonista, hacen que mi obra se centre en la reflexión sobre la propia existencia y en la indagación experimental sobre el poder expresivo de los materiales.”

Sobre la obra de Ginés F. Castillo (mi padre), por Edmond Sefcick.


-Pero ¿Con qué pinta? 
-Es acrílico, seguro que es acrílico. 
-Que no, se ve que es óleo. 
-Pues a mí me parece más bien acuarela, estas transparencias se logran sólo con acuarela. 
-¿Tú crees?...no sé, parece otra cosa. 

 Esta discusión es la que se puede oír frente a una obra de Ginés, pero es muy difícil adivinar el medio que el artista ha utilizado para realizar su trabajo; sus colores pocas veces salen de un tubo de pintura. Él es un alquimista de la plástica, los colores los obtiene de extrañas reacciones químicas, siempre nuevas, siempre distintas porque él es un buscador curioso de todo lo que puede producir un efecto visual, no para sorprender o chocar, sino para compartir con nosotros su visión del mundo, o más bien su visión a secas.

 La superficie de sus cuadros son una puerta de acceso hacia el interior, pero el pasar de fuera a dentro no se hace de cualquier manera, por eso es importante que este acceso sea adecuado y facilite el paso sin dificultad: Ginés lo comprende así y, consciente de ello, da toda la importancia que  merece al tratamiento de la superficie.

Por este motivo busca, investiga hasta dar con la técnica que más se adapta a la forma en que quiere abrir esta puerta. Utiliza en su trabajo a veces una grupilla, otras un trozo de tela, una arandela y  una infinidad de objetos y productos industriales heteróclitos, todos ellos muy alejados del quehacer artístico habitual pero que en sus manos adquieren una dimensión poética insospechada que nos hace olvidar su banalidad al verlos integrados en el relato artístico del cuadro y así dejan de ser objetos neutros para convertirse en elementos activos que transmiten sensaciones y emoción.

Su composición es fuerte, madura, nunca casual. Cada elemento del cuadro está en su lugar, se ve un sostenido trabajo de reflexión que no deja nada al azar y sin embargo, este poderoso trabajo intelectual no cierra el paso a lo emocional, por el contrario: lo busca y lo provoca.

 Visitando su exposición nos encontramos con un artista sincero y generoso, que en su obra nos da a ver, sin artimañas, lo que él es y nos invita a participar con él de sus “estados de alma”: nos muestra sin ambages su propia realidad interior, haciéndonos ver en espejo, la nuestra, esa que teníamos olvidada, oculta por las preocupaciones del diario vivir.

El contemplar sus obras nos permite encontrarnos a nosotros mismos. Es un poeta que nos muestra sus sentimientos y emociones dejándonos el suficiente espacio para que participemos en su obra con nuestros propios sentimientos y emociones de modo que nos encontremos presentes en sus cuadros. Ginés nos permite reinventar su obra adaptándola a nuestra  realidad personal de manera que podemos, apoyándonos en lo que vemos, crear nuestro propio universo, diferente del suyo pero compartiendo el mismo espacio de 100 x 120cm.

 Kuo Hsi, gran pintor de los Sung, dijo: “Hay paisajes pintados que uno atraviesa o contempla; otros por los cuales podemos pasear; otros aún en los que quisiéramos quedarnos y vivir en ellos. Todos estos paisajes alcanzan el grado de excelencia. Sin embargo, aquellos en los que nos gustaría vivir son superiores a los otros”. 

Los cuadros de Ginés son una invitación a errar por un espacio onírico, irreal, en el que todo es posible; en ellos los colores, la composición y las formas son resonancias que hacen eco con nuestras propias vibraciones ; son paisajes sin montes ni ríos ni árboles que , sin embargo, poseen todo lo necesario para que podamos deambular e  incluso, quedarnos en ellos para apoderarnos de ese tiempo que se nos ofrece, tiempo de contemplación, tiempo que no se detiene pero que se abre y se ensancha para dar cabida al espacio para el paseo y el ensueño…

 Finalmente, podemos decir que Ginés es un artista íntegro y original que ha mantenido la humildad que le permite aprender de los grandes maestros y, al mismo tiempo, guardar esa parte de soberbia, indispensable a todo artista, que lo autoriza a liberarse de su influencia, para crear su propia forma de expresión y ofrecernos un arte fresco y sorprendente.

Edmond Sefcick


lunes, 24 de agosto de 2015

miércoles, 22 de julio de 2015

domingo, 19 de octubre de 2008

martes, 22 de abril de 2008

Nos sangran tinta los dedos


Seguimos provocando..

lunes, 21 de abril de 2008