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lunes, 6 de septiembre de 2021

apuntes para un agosto fracturado


Leo la novela “el verano que mi madre tuvo los ojos verdes”. Me la ha prestado A. para amenizarme el verano que mi madre tuvo la pierna de su hijo azul.

Ahora mi vida es lenta y sencilla como un blues en un transistor de pilas agotadas. Tengo tiempo de ver "pasapalabra", de leer todas las cookies. En distintos idiomas. Hasta me informo sobre el cultivo del guisante. Estoy pensando en plantar un huerto. Tal vez de rodillas. Como una especie de reverencia a esta tierra arcillosa que se ablanda bajo el peso de mi suela izquierda. Para que la ausencia de cosechas me ayude a diferenciar las estaciones de un año yermo. Lento y sencillo como una escalera o un coágulo.

Qué extraño espectáculo de los sentidos es un blíster. Tan brillante en cada fisura de su papel metálico como una lámpara de quirófano sobre tus córneas. Tan sonoro en el hundimiento de cada ampolla de plástico como la cortical de un peroné al astillarse bajo la carne. Un objeto que concentra el consuelo sensorial mínimo para todo enfermo medicado. Fascinados y cabizbajos sosteniendo entre las manos este objeto prodigioso. Un blíster. Fascinados aunque la droga que contenga en su interior no distorsione la percepción del mismo.

Ahora mi vida es lenta y sencilla. Como una herencia o un triciclo. Tengo tiempo de observar formarse y descargar tormentas de verano sobre la carretera comarcal. Y respiro el olor a asfalto mojado mientras los días se secan y a lo lejos comienza otro incendio. Lento y sencillo
 como un eclipse o una cremallera.

Juego a elegir una canción al día. Una pieza exacta, insustituible, vinculada a la jornada por una razón íntima que no revelo. Envío por whatsapp el enlace de spotify a R., y pego otro de youtube en mi muro de facebook. Casi unas migas de pan por el sendero de montaña que no debí haber cogido. Un acertijo para nadie y contra mí. Algo que me permita, desde el futuro, confeccionar una lista sonora temática que vaya enhebrando las emociones de mi convalecencia. Lenta y sencilla como una avispa resucitada de la piscina por un recogehojas.

Un verano con demasiado tiempo no tiene porqué volverte loco. Pero prestas atención a las catástrofes naturales de los informativos. Y a las fotos felices de las vacaciones de tus contactos. Y entonces entiendes que el ser humano se extingue a toda velocidad. Y que no te importa porque desprecias (a toda ferocidad) la estupidez de esos padres orgullosos que exponen gratuitamente el rostro de sus hijos en las redes sociales.

Ahora mi vida es lenta y sencilla. Como un guiso antiguo, una lepra, un ZX Spectrum. Hasta he pensado en escribir por el simple placer de solamente hacerlo. Sin la autoexigencia de dotar al texto de una narración ordenada ni de una coherencia formal. Ni siquiera de un final suficiente, que complete el relato o al menos sea fácil de identificar cuando no llegue. Como una cosecha de migas de pan olvidadas en un camino de polvo de hueso.


miércoles, 11 de agosto de 2021

tormenta en Wyoming


Me he puesto a dibujar una muleta.
A lápiz y sobre un bloc de papel de la marca Gvarro que me regaló R.Cuando a 550 km de distancia le dije por teléfono que había tenido un accidente de montaña, me aseguró que me conseguiría unas muletas.
Me tranquilizó mucho esa promesa, me llenó de ánimo.
Y aquí las tengo.

Deslizo ahora la mina de grafito sobre la superficie árida de la lámina.
Y pienso que el éxito real es poder contar con alguien que se preocupe por ti desde algún sitio y te procure algo absurdo en un momento dado, una necesidad puntual y prosaica.
Alguien que complete por ti una tarea de lo más banal, pero que percibes transitoriamente desde tu juicio convaleciente como una hazaña fuera de tu alcance (y que te inflige además una pereza paralizante). Qué consuelo y qué quietud poder desentenderte de ese cometido. Confiarlo a quien sabe materializar todo su miedo a tu dolor en un objeto tangible.
Con gracia y sencillez.
Alguien que se las arregla misteriosamente para arrastrar a la luz desde la nada, por ejemplo, unas muletas.
Éstas.

Durante mi infancia, siempre recuerdo a mi abuelo paterno sostenido por unas muletas.
Sufría una cojera consecuencia del tétanos que lo había tenido en coma durante varios meses. Después, nunca dejó de hacer nada que se hubiera propuesto. Lo hacía más despacio, podía tardar días, daba rodeos a través de pequeños logros secundarios que posibilitaran el objetivo final. Descansaba, y volvía firme en su convicción, siempre apoyado en sus muletas, a veces mediante otros tantos inventos propios que diseñaba y elaboraba con elementos rudimentarios para salvar sus dificultades de movilidad.

Me dieron el alta y R. me trajo a casa de mis padres. Celebramos todos juntos el 90 cumpleaños de mi abuela, que me vio en muletas, sopló las velas de su tarta, y no paró de hablar de mi abuelo en toda la tarde.
Viajó mi abuela hasta mi abuelo a través de mis muletas.

Por eso, supongo, la imagen de este simple artículo de ortopedia es para mí todo un símbolo de tesón e ingenio, de paciencia y de capricho, de persistencia hasta el éxito. Raigambre e inteligencia práctica alcanzando mi cuerpo desde el recuerdo y la niebla mal iluminados de un antepasado muerto. Un misterio que encierra todo el orgullo familiar que heredo inesperadamente este agosto de 2021.
Encriptado en unas muletas.

Hago resonar en mi pensamiento las tres sílabas de la palabra "muleta". Pronuncio después en alto, muy despacio, para mi absoluta soledad, la palabra completa. Me dedico ese lujo ridículo, una exhibición fugaz e íntima de inofensiva locura. Y caigo en la cuenta de que tiene “muleta” una fonética desgraciada comparada con la perfecta belleza que completa la suma total de sus significados. Existe en la palabra muleta un desequilibrio aberrante. Veo en ella un eje torcido, una proporción lisiada, una tara, no sé. Le ofrecería mis buenas muletas, a muleta, yo, ahora mismo.

Hacía más de diez años que no dibujaba nada.
Con lo que me gustaba de pequeño, de verdad que no consigo explicármelo.

Para dibujar la muleta tengo que observarla detenidamente. Escruto su estructura con dureza, clavando la mirada en sus formas. Recorro su perfil primero con la retina, después con el tacto frío de sus líneas metálicas bajo mis dedos. Para al final duplicar su anatomía ya deformada sobre el papel, conformando el esbozo de grises. Observo y dibujo la muleta como si estuviera domando un caballo mustango al que confiar el peso de mi cuerpo enfermo. En mitad de una llanura de Wyoming atravesada por una tormenta. No me importa las veces que el animal salvaje me tire al suelo (total, ya tengo huesos rotos). Voy a herrar esas muletas y colocarle una montura. Mi severidad de hoy serán la confianza y la libertad que ellas me devuelvan durante semanas.

Concentra esta muleta mi equilibrio sobre el mundo.
He terminado el dibujo, comienza mi recuperación.
Creo que me ha quedado bastante torcida.

domingo, 10 de enero de 2021

Filomena

 Un Dios tartamudo rodaba sobre Madrid un anuncio de champú anticaspa. 

lunes, 4 de enero de 2021

Balance anual

Escribo esto un 31 de diciembre. Y este año que hoy se acaba ha sido duro y difícil. He superado una mudanza, otra, pero no por enésima menos extenuante física y mentalmente, igual de cronificada, casi un cáncer (no). He sufrido un accidente de tráfico, sin secuelas aparentes, tampoco físicas. He trabajado como sanitario del sistema público de salud en una de las regiones más castigadas por esta pandemia, en la que más profesionales nos hemos contagiado porque menos nos han protegido. Se canceló el concierto de la gira de despedida de Extremoduro para el que tenía entradas. No conseguí la plaza de interino a la optaba en una convocatoria pública. No pude celebrar mi cumpleaños con amigos. Y se me adelantaron en la compra de una vivienda que realmente me gustaba. Para mí, 2020 tampoco ha sido un año excelso. Pero yo que sé, lamentarse es tan fácil como inútil. 

También me han pasado cosas buenas. Mi amiga Elena ha vuelto de Nueva York tras años de exilio profesional. He conseguido no quemarme en el trabajo, de momento, a pesar de las tragedias a las que he asistido y de los maltratos que gestores y gobernantes me han seguido dedicando. He empezado a cocinar. Un poco. Algunos platos sencillos. Pero ensucio mucho la cocina. Me he demostrado lo poco que necesito. Vivo en un hogar precioso con la persona que quiero, lo construimos día a día más y mejor, con algunas horas de bricolaje torpe, esperanza y buen gusto. Mis padres y mi hermano están bien de salud. La verdad es que tampoco se puede pedir mucho más.  

Del 2021 espero comprar discos de segunda mano con Alfon, tocar un blues facilón a la guitarra con Mateo y Chema, salir al monte con Sergio y Manu. Emborracharme con Dani y el Abuelo. Pegarme un homenaje culinario con Agüero y Gómez. Viajar con Regi. Ir a una fiesta de disfraces a casa de Adri. Aunque sé que será difícil que este nuevo año me ofrezca disfrutar como antes de un buen concierto de rock, por ejemplo. De jugar como antes un partido de baloncesto, por ejemplo. De dar abrazos como antes a mi abuela, por ejemplo. 

Ya sé que ha sido un año aciago para la mayoría. Pero tal vez sea más práctico analizar que maldecir. Del 2020 me quedo con la enseñanza de que podemos vivir con menos. Y creo que debemos vivir con mucho menos si no queremos que los años siguientes sean peores que este. 

domingo, 3 de enero de 2021

Patacon y Gerris Lacustris

 En los últimos días de diciembre de 2020 son noticia las palabras escogidas por academias de la lengua como las más significativas del año. Creo que "confinamiento", "coronavirus" y "nós" (por gallega y también por distinta comentada con Mateo vía telefónica) fueron algunas. La madrugada de nochevieja, sin embargo, rondó mi cabeza de forma obsesiva la palabra "patacones". Ja. Llegó a mi por Regi. Ella la pronunció en nuestra cocina, por la tarde, mientras deshacía el hatillo de víveres y me daba instrucciones para preparar el ceviche de langostinos. Creo que patacones son las rodajas secas de plátano macho frito, muy crujientes, y según parece, deben sumergirse en el caldo inmediatamente antes de comenzar a degustar el plato, para evitar que se reblandezcan, y preservar así el contraste de texturas y consistencias. Lo que aprendo con ella, oye. El caso es que la palabrita en cuestión debió de quedar resonando en mi inconsciente como para que unas diez horas después no pudiera desprendérmela del pensamiento mientras intentaba continuar durmiendo. 

Muy distintos son los significados que me evocaba de forma errónea su fonética. Recordé "barracón", claro, de origen militar, probablemente por la noticia reciente y celebrada de que mi amigo Dani adquiría y se instalaba una vivienda prefabricada en un terreno cercano a la casa de mis padres. Me confundía "patacudo" cuyo significado dudo haber conocido previamente y he tenido que consultar: adinerado, en portugués. Y por extensión "zancudo", sinónimo en américa latina de mosquito, referido a la familia de los culícidos (orden Díptera) en taxonomía, que incluyen especies vectores de la Malaria o la Fiebre Amarilla. 

Asocié a continuación "zapateros", esos asombrosos insectos de río (orden Hemíptera, familia Gerridae) que logran desplazarse por la superficie del agua apoyados sobre sus larguísimas patas en constante flotación. Un fenómeno interesante que se fundamenta, supongo, en la tensión superficial del agua y en una especie de almohadilla formada por pelos hidrófobos que poseen en los extremos de sus patas, esto no lo suponía en absoluto, consiguiendo así formar una minúscula bolsa de aire sobre la superficie. Lógicamente esto de nuevo lo he tenido que consultar. Cómo iba yo a saberlo. Por quién me tomáis. Así he aprendido además, que su conocimiento profundo era un reto, y ha sido materia de estudio para los prestigiosos matemáticos del MIT. Nada menos que una de las últimas incógnitas físicas de la locomoción animal que quedaba por desentrañar. Por lo visto los zapateros se mueven como una barca de remos y no servía, como con los animales terrestres, la tercera ley de Newton para explicar su movimiento. Publicaron el estudio en 2003 en la revista Nature y construyeron un prototipo de robot que camina sobre el agua aplicando estos mismos fundamentos. El pasado verano me bañaba en el río Ega a su paso por Arbeiza, reparando en la curiosa anatomía de estos simpáticos bichitos y sin embargo ignorando por completo toda esta información.

Como veis, así hila, salta, desvaría y gripa una mente afectada por la privación de sueño y la resaca. ¿Dónde termina la asociación de ideas y empieza el discurso divergente? Feliz 2021 y salud mental para todos. 


jueves, 10 de diciembre de 2020

violines

 No he escrito antes sobre el coronavirus. Nunca he escrito hasta hoy del impacto que tuvo en mi vida y mi ánimo esta pandemia durante la primavera de 2020. Como sanitario, hijo o amigo, quizá como paciente, puede que lo peor aun esté por ocurrirme, quién sabe. Pero durante los meses de marzo y abril de este interminable año, viví momentos extenuantes y espantosos trabajando en el hospital. Y después, al volver a casa en coche por las calles vacías, momentos de voz quebrada al manos libres, tratando de fingir fortaleza y esperanza como respuesta a siempre las mismas preguntas de seres queridos preocupados. 

Recuerdo aquellos días de forma vaga, movido por un automatismo instintivo, una alienación de supervivencia. Convencido de la conveniencia de trabajar todo lo posible para así, ya fuera por cansancio o por falta de tiempo, poder pensar lo mínimo imprescindible, y que a la vez, el calendario avanzara lo máximo. Recuerdo consultar con esperanza la sección diaria de Kiko Llaneras en la prensa digital ansioso de algún indicio epidemiológico de mejoría cercana. Las noches en vela, creyendo apreciarme una leve dificultad respiratoria, las horas con los ojos fijos, muy abiertos en medio de la oscuridad. Los días agitados y repletos de silencio, temiendo la noticia fatal y probable de algún familiar o amigo. 

Durante todo aquel tiempo, lo recuerdo bien, un par de artefactos diarios de contenido audiovisual me ayudaban a desafiar esta realidad desapacible. Todas las noches, al llegar a casa agotado, ponía en la tele pública el final de las noticias y Carlos del Amor firmaba unos reportajes de minuto y medio que no eran sino pura poesía de lo cotidiano en forma de fotografías, música y su voz en off con unas pocas palabras idóneas. Todas las mañanas a las 7:41, en RNE1, Laura Barrachina, a modo de resumen de su programa "efecto Doppler" de la noche anterior, declamaba una reflexión filosófica y recomendaba con lirismo y elegancia una buena serie, un prólogo lúcido de novela o una portada de disco recóndito. Siempre tras una música de violines que anunciaba su sección. Y en la que no puedo dejar de reconocer la melodía de Where is my mind? de Pixies (aunque la señorita R jamás me ha dado la razón en esto). Y así cada mañana iba despertando cansado en mitad de una rutina de incertidumbre y dolor, sin saber qué horror viviría esa jornada en el hospital al que me dirigía. Pero silbando al volante la sintonía de violines, emocionado ante el comienzo de mi dosis diaria de cultura. Fresca. Evasiva. Necesaria. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

Lou Reed era español, de Manuel Vilas

"Zaragoza no tiene chimeneas. Tiene un alcalde con barba, o tenía o tendrá: todos los alcaldes son el mismo alcalde. Zaragoza tiene viento, pero no es el viento del Juicio Final, es otro viento. No sabemos cuál, pero es otro. Zaragoza tiene mujeres bonitas. Zaragoza tiene muy largas avenidas con casas muy pequeñas.
Tiene semáforos que son idénticos a los semáforos de Sevilla, Pamplona y Madrid. Zaragoza tiene negros que sonríen a la vida. Zaragoza esconde alcohólicos en pisos del extrarradio.
En Zaragoza vivo yo.

Hubiera querido vivir en Nueva York, como todos y todas aunque no lo digan, pero acabé viviendo en Zaragoza. En Zaragoza, se habla castellano como en Salamanca, por ejemplo. En Zaragoza se come bien, pero todo está caro. En Zaragoza los sueldos son tan bajos como en Barcelona. En Zaragoza una cerveza cuesta 2,70 euros si te la tomas en un bar del centro.
Sólo puedes tomarte dos.

Me gusta cuando nieva, pero no nieva nunca en Zaragoza.
Zaragoza no tiene metro.
Tiene autobuses que van a los barrios y en los barrios hay mujeres medio desesperadas. Hay mercados donde venden borrajas. Las borrajas son una verdura típica de Zaragoza.
Una vez vino Lou Reed a cantar a Zaragoza, pero a Lou Reed nadie le dijo el nombre de la ciudad en la que iba a cantar.
Así que no sabe que estuvo aquí.
Nunca supo que estuvo aquí.

En Zaragoza, si te descuidas, te ahorcan, pero eso pasa más en Nueva York. Así que estamos muy bien aquí. Y hay mucho sol, para que te pongas moreno si quieres.
Una vez vino Lou Reed a cantar a Zaragoza, pero ya nadie lo recuerda.
Él murió.
Y los que estuvimos en aquel concierto del 14 de abril del año 2000 estamos olvidando. Y muriendo.
Nadie supo dónde durmió aquella noche Lou Reed y a nadie le importa una mierda como ésa, absolutamente a nadie y eso es hermoso, es hermoso que no lo importe a nadie dónde durmió Lou Reed aquella noche, son vacíos del tiempo, cuerpos y cuerpos, la historia de la humanidad, con sus luces de memoria y olvido, con sus cuerpos famosos y sus cuerpos anónimos.

Lo vieron volar por los cielos de Zaragoza.
Dijo "esta ciudad es terrible".
No volverá a cantar aquí.
Tal vez regrese el día del Juicio Final.
Porque si es verdad eso de la segunda venida de Jesucristo, igual Lou Reed vuelve por segunda vez a cantar en Zaragoza. "You never can tell", dijo alguien de allí, de Zaragoza."

(...)

"Lou nuestro
que estás en Manhattan,
santificado sea tu "Walk on the wild side";
venga a los españoles tu Voz;
hágase tu música
así en España como en el mundo.
Danos hoy
nuestra entrada gratuita a tus conciertos.
Perdona que en la heroína España
pirateemos tus discos,
como también nosotros perdonamos
los millones de dólares que te llevaste
de nuestros hispánicos bolsillos;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del gilipollas de Jim Morrison.

Amén."


Estos son los fragmentos de la novela que más me han llamado la atención. Lou Reed era español, de Manuel Vilas, no me parece mejor que Ordesa, no me ha gustado tanto. Pero me ha hecho sonreír, que no es poco. Y se me han despegado las páginas del lomo, quedando el libro materialmente un poco tarado y simpático.
Tiene Manuel Vilas esa virtud de lograr que te sientas identificado con el patético fracaso de sus personajes (que son todos él mismo) desde una inocencia risueña, casi traviesa, no exenta de pena, pero en absoluto victimista. Muy al contrario, atesorando todo el tiempo una belleza que reside en su inconsciencia, como de niñez. Sin embargo, con una crítica sardónica del presente, acidificada hasta lo salvaje, solo posible desde la perspectiva de un paso del tiempo no favorable.
He seleccionado estos pasajes, de las páginas 164, 165 y 197, que me han recordado, inevitablemente, a mi amiga Cristina, uróloga excompañera de hospital, trabajando ahora en la ciudad del Ebro; y a mi pareja, que vivió allí durante los años de universidad. Cómo no, a Elenita, científica investigadora de élite, exiliada en Manhattan; y a mis padres, claro, que una vez hace unos 23 años, me dejaron encontrar entre sus cosas, como un tesoro prohibido, un cassette polvoriento con unas letras en inglés y la fotografía de una cara demacrada.


sábado, 22 de junio de 2019

Cirrostratos y altocúmulos


De un tiempo a esta parte, vengo dedicando las mañanas de los domingos a leer en la prensa nacional las últimas columnas de escritores que admiro. Manuel Rivas, David Trueba o Almudena Grandes, por ejemplo. Lo hago con la ambición reconocida de ir adoptando de forma progresiva y sin mayor esfuerzo por mi parte, algo al menos de la fluidez de su prosa. De la sencillez certera de una prosa creíble y elegante, que no tengo.  

Aquí va el primer intento, servirá para juzgar la utilidad de mi nueva costumbre esperanzada.

Esta mañana desperté con la insistente resonancia mental de una palabra. De un nombre, más bien. De un nombre y un apellido, cuyo origen o significado, no conocía o no recordaba. En ocasiones ocurre que el inconsciente almacena una información durante nuestras vivencias rutinarias apresuradas. Un tiempo indeterminado después y sin razón lógica aparente, esta información acaba por aflorar hasta nuestro cerebro consciente de forma repentina, dejándolo a uno confuso e inquieto, obligándolo en ocasiones a volver a olvidar sin preguntarse nada.

Habitualmente me ha ocurrido a mí este curioso fenómeno, viniéndome a la mente, como una especie de regurgitación cognitiva,  un dato que no creía recordar, en el momento justo para compartirlo en una conversación sobre alguna materia aleatoria que de la que no poseo la más mínima cultura general. 

Platos de cocina coreana, la discografía de Los Pekenikes, los tipos de nubes cirroestratos y altocúmulos, el reglamento actualizado del balonmano playa, yo qué sé. La fecha exacta de una batalla célebre y lejana, el nombre auténtico no artístico de un director de cine o un vocalista de soul, vaya usted a saber, cualquier cosa. Palabras técnicas absurdas sobre geología, aprendidas alguna vez en la asignatura escolar de Conocimiento del Medio, edafología, astenosfera, foliación, buzamiento.

Y siempre en el contexto festivo de una ebriedad compartida con amigos o pareja, en un ambiente distendido, no laboral, con la guardia bajada (supongo que algo tendrá que ver, del mismo modo que recordamos más el contenido de nuestros sueños en períodos vacacionales en que estamos relajados). Aunque también con un ánimo discretamente eufórico, consecuencia innegable del alcohol consumido.

Esta vez no ha sido así, no había bebido nada, y estaba solo. Aunque bien pensado, el hecho de estar de guardia localizada durante el fin de semana, y haberme dormido la noche anterior con una incierta ansiedad basal (temeroso de una llamada urgente desde el hospital en plena madrugada), pudiera equipararse en cierta medida a la excitación del influjo etílico que antes mencionaba, no sé.

Siento algo de miedo, o de pudor, al desvelar exactamente qué dos palabras me han venido a la mente nada más despertar, esta mañana. Supongo que porque sé que así muestro a los demás, más de mi de  lo que yo mismo estoy dispuesto a saberme. La conciencia es esa autocensura de supervivencia. El inconsciente, ese trastero con humedades donde guardas los discos de grupos que ahora odias y fotos de exnovias que te hicieron daño. Un habitáculo asfixiante y con arañas, donde caben más trastos de lo que crees, del que mantienes alejado a las visitas, pero que te recuerda, de vez en cuando, quién eres y por qué.

No voy a cebarlo más, ahí van. “Álvaro” y “Cunqueiro”.

martes, 6 de noviembre de 2018

desde un palomar


No echaré de menos el rodar incensante de las maletas sobre el adoquinado. Voy a echar de menos ver partidos de baloncesto televisados en la Mina con olor a gambas a la plancha. Los versos de Batania a eding negro sobre los cubos de basura en la acera, frente a cada portal de mi calle, mientras se inauguraba el día y me dirigía al trabajo, eso sí lo voy a echar de menos. No echaré de menos los narcopisos, el Carrefour abierto veinticuatro-siete, los desahucios de ancianos y enfermos. Voy a echar de menos el Café Quino, que después se llamó Dr. Steam. La filmoteca (cines Doré), los conciertos en Tabacalera las tardes de domingo y lluvia. Los futbolines en la Revuelta tras las manifestaciones de la marea blanca durante nuestra huelga sanitaria. Aquel solar de la plaza en que se construía vecindad y ahora es un flamante hotel de compañía multinacional y una conocida hamburguesería de franquicia. No voy a echar de menos los regueros de orina seca atravesando las baldosas del cruce de Ave María con calle Esperanza, las estridentes despedidas de soltera, las escaleras del teatro Valle-Inclán tapizadas de yonkilatas los sábados por la mañana. Voy a echar de menos la música en la calle, desde mi balcón luminoso, los olores a cuero y a curry. Volver en bici de la Casa de Campo, sudado y contento y saludar a los perros de mi vecina. La tienda de discos Bajo el Volcán, la panadería de Moha. La peluquería tradicional Mj estilistas, a la que empecé a ir con Rodri, cuando nos mudamos. La pollería de calle Valencia donde trabajaba la madre de Ainhoa, la chica que conocí en el gimnasio de Doctor Fourquet, que ya también ha cerrado. Las noches de fiesta que pasamos juntos todos los que ya nos hemos ido a vivir a otra parte (quizá también a vivir otra parte, de algo). Frente al Juglar y el Chiscón, apoyados en los coches aparcados, tomando el frío a la luz de las farolas, en la plaza de Ministriles (Xosé Tarrío), en las escaleras de la plaza de las escuelas Pías (Agustín Lara-Arturo Barea). Aquellas noches vertiginosas y desenfocadas que no acababan nunca. En que todo lo que podía pasar nos pasaba.


Este es mi quinto alquiler desde que dejara la casa de mis padres hace más de 6 años. Calle Pedro Unanúe, Calle Tarragona, Ronda de Valencia, Calle Ave María, y ahora ésta. Y va a ser la primera vez que viva solo. En Barcelona y Compostela no duré ni 3 meses, fueron más unas vacaciones trabajando que un intento de hogar. Ahora mi domicilio está en el cuarto piso sin ascensor de una corrala pendiente de reformar y más alejada del centro. Abro el portal y huele al detergente húmedo de la ropa tendida, también un poco a marihuana fresca, casi a los guisos de las cocinas exóticas de mis vecinos de países lejanos. Subo las escaleras empinadas de madera vieja y cruje hundiéndose unos milimétros cada escalón bajo mis pasos. Al menos viven aquí una familia numerosa de Bangladesh, una joven pareja oriental (por sus rostros no sé ubicar geográficamente su origen con más precisión) y un tipo español ya entrado en la cuarentena, fascinado, supongo, por la música electrónica. Quizá con secuelas neurológicas de la tardía resonancia que tuvo en Madrid la ruta del bakalao valenciana hace casi 20 años. Veo pegatinas de la discoteca Radical adheridas a su puerta y su nostalgia me produce ternura. También vive aquí, junto a su perro, un molesto pastor belga, la presidenta de la comunidad, una robusta mujer con un extraordinario parecido físico a la temible profesora Tronchatoro, directora de la escuela de Matilda. Y mi vecina más próxima, que sólo oigo pero nunca he visto, y cuyo felpudo reza: "hoy no duermo sola".

No sabes lo que aprecias un objeto material hasta que no lo salvas de la quema de recuerdos que es una mudanza. Hasta aquí me han acompañado un viejo molinillo de café robado, una caricatura monstruosa de mi rostro dibujada por Chema, una (Julio Cor-) taza de desayuno, regalo literario y guasón de Sol (que me descubrió así Blogger de Niro) y el póster en papel pluma que me regaló Alfonso, aquella Oda a los viernes, queridísimo fragmento de Héroes de Ray Loriga. También una chapa de Aleatorio, el bar de Escandar, y otra del grupo de música Talco, recuerdo de su concierto en el festival Shikillo de Candeleda. La bufanda del estudiantes que compré con Ángel. El tronquito barnizado que nos regalaron los chicos del campa de Marina en el que cocinamos aquel verano. El mismo felpudo que regalé a Elenita y cruzó el atlántico hasta su puerta, protege también la mía. Me recuerda a diario que la distancia nos acerca, que todos somos nómadas y olvidarlo una moda.


Es tan pequeño y encaramado, que al visitarlo mi amigo Pablo, nunca desprovisto de ingenio y maldad, disfrutó definiendolo como "un palomar". Y así quedó cariñosamente bautizado hasta hoy. Estoy cómodo aquí, después de invertir trabajo y tiempo, de una incansable tozudez y bastante ayuda. De sudor a pesar de ventiladores, de manchas de pintura plástica en el pelo, de mis cuádriceps agotados subiendo cajas a pulso por la escalera empinada, siento ahora este espacio como mío. Una especie de lenta conquista del inmueble desafortunado e impersonal que era, por la identidad voluntariosa que ahora soy, por simplemente lo que vivo y cómo, porque lo voy a vivir aquí, y saberlo me basta.

Aun así, no puedo evitar identificarme una cierta, confundida tristeza por haber dejado Lavapiés. Supongo que simplemente fui feliz allí. Pasaron cosas disparatadas de las que aprendí sin parar de reírme, golpes de suerte que aun celebro y también unos pocos golpes bajos que ya no duelen. El hedonismo salvaje y el nihilismo convencido que paseé por esas calles, a menudo borracho y rodeado de chicas bonitas y buenos amigos. No quiero reconocer que en realidad marcharme de allí simboliza para mí el final irreversible de una etapa de juventud rabiosa en que estuve perdido pero furiosamente vivo. Y gratamente acompañado. 

https://www.youtube.com/watch?v=23qqYzjP3lc

domingo, 23 de septiembre de 2018

vacaciones

Desprecio yo ese estado de excelencia médica improbable, esa grandiosa apariencia de madurez lúcida, dinámica pero tranquila, en que como doctor, no desconfíen ya de mí los pacientes por la inexperiencia percibida, pero aún tampoco por el seguro e inmediato sudapollismo hipercínico o demencia senil incipiente que le sucederán de inmediato sin duda y no querré ni podré disimular. Ese periodo, si existiese, y me llegara algún dia y tocara la solapa de esa bata que jamás llevo, y me llenara de gracia diagnosticadora, empatía infinita y sanadora resolución, si me alcanzase, decía, ese glorioso momento profesional antes que la inhabilitación o la cárcel, quiero gastarlo yo de vacaciones. Tampoco creo que dure mucho más. En un lugar absurdo y sin prestigio, un Torremolinos cualquiera, un Benidorm en temporada media, baja, mejor en temporada baja. Muy a salvo de ese respeto y credibilidad merecidos y esperados durante toda una vida de trabajo y estudio. A poder ser borracho, en chanclas y bañador, jugando a las tragaperras.

domingo, 28 de enero de 2018

Sauvage

Yo aceleraba al final de una curva de la M-604. La luna resplandecía fuegos blancos de nieve sucia entre los matorrales de ambas cunetas. Había reparado en la cura de humildad necesaria para el hombre postmoderno e hipertecnológico que debía ser morir accidentado en mitad de una montaña y un invierno a los que decidió asomarse por puro ocio imprudente. Tú algo antes bromeaste comentando que tú cine era el hispanoargentino con extra de conciencia social y dulce de leche, que tu música para despertarte era francesa y con luz natural. Parecieran haber pasado siglos hasta este momento en que también conduzco, recuerdo todo esto y salta en el orden aleatorio de una lista de Spotify elaborada por mi hermano Nature sauvage de Keny Arkana.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Protocolo para episodios de alta contaminación, nivel 4

Bostezo y sueñan mis alveolos con todo el dióxido de nitrógeno sobre el Madrid que nos separa.

viernes, 13 de octubre de 2017

retamas silbantes

Qué raro es conducir justo ahora por la M-50 hacia casa de mis padres.
Entre las retamas silbantes de sus cunetas. Cuando deja de llover, bajo esta luz indecible. Intemporal y remota. Qué extraño este cielo nublado y eléctrico, panel retroiluminado de atardecer, roto de miedo. Troquelando un horizonte todo de vallas publicitarias: Fortecortin y silencio.
Hundo el pie en el acelerador. Atravesando como un disparo de gasolina y cuero ese aire quebrado que envuelve a las cosas olvidadas del extrarradio.
Qué raro conducir por la M-50, hacia casa de mis padres, entre semana, sin retenciones por tráfico lento ni radares móviles. El dolor a punta de dedo en el ángulo muerto del retrovisor de Dios (desempleado de larga duración, a 140 y en sentido contrario). Subiendo el volumen de la radio para sacar de mi cabeza por un segundo esta sensación de tragedia familiar esperada, mal disimulada hace tan solo unos minutos por teléfono. Por qué. Para qué. Acelerar (una vida) apagándose.

jueves, 12 de octubre de 2017

ropa interior cara

Dejar sonar la alarma del teléfono hasta que la batería se agote. Caminar descalzo por la tarima tibia, memoria velada de algún verano. Sujetar entre los labios el último cigarro de una cajetilla olvidada en tu salón. Salir al balcón, respirar una lluvia sucia que nada arrastre, el silencio cómplice de los muebles mal encolados, esta luz débil filtrándose entre nubes y parabólicas, no reflejada en los ojos de nadie.
Adivinar el rumor insoportable de una actualidad lejana y absurda. Renunciar a ella. Despreciarla.
Poner al fuego una cafetera, inclinarse sobre el quemador de gas, para encender aquel cigarrillo seco, casi una reverencia anacrónica de olor y sueño. Ya sabéis, todo esto.
Despertar de una siesta profunda puede ser estético e inútil. Como publicidad de ropa interior cara. Como una tristeza irracional y súbita.

domingo, 20 de noviembre de 2016

reblandecido noviembre

Es una tarde de noviembre en este Madrid postcrítico, contaminado y miserable. He despertado confundido de una siesta incalculable. Un cielo reflectante en gris y naranja se ha detenido a medio anochecer sobre mi ventana. Semidesnudo observo el fuego de mi cocina, disfruto el rumor aromático de una vieja cafetera italiana. Me visto y camino por las calles adoquinadas entre un murmullo urbano de vitalidad no desagradable. Entro en una peluquería de caballeros, castiza, decadente. Puedo leer sobre la repisa, en el etiquetado de un envase verde violento: "Floid, masaje genuino, mentolado intenso". Suena rock and roll de los cincuenta en una emisora de radio por internet, y el peluquero con estigmas de toma de antipsicóticos me sonríe desde el espejo empuñando su navaja a escasos centímetros de mi carótida izquierda. Yo recibo sentado e incrédulo, pero sosegado, filtrándose a través de mi cuero cabelludo, todo este placer sensorial múltiple, cayendo ralentizado sobre mi ausencia de prisa, de hambre, de frío, de sueño. No es mi cinismo habitual, no es apatía. El tiempo transcurre reblandecido, con un fluir inerciado propio de una percepción adulterada. Me percato, sonriente. Supongo que nuestros abuelos llamarían vivir en paz, a pesar de todo, a una existencia en que esta enajenación se prolongara hasta lo irreversible. La placidez que anhelamos es una vida sedada.

miércoles, 25 de mayo de 2016

queloide 2

Es más resaca si huele a lluvia.
Si te mece destemplado la inercia silenciosa de un cercanías.
Si desconvoca el tiempo una chica con textura de cicatriz en la memoria.

domingo, 3 de abril de 2016

Michael Caine


Será este sol de invierno bañando de incendios cada cicatriz de mi hombro derecho, este olvido inflamable, reciente y quirúrgico, como un reguero de gasolina y sangre. El chirriar de las ruedas sobre los adoquines cubiertos por cera derretida tras el paso de la procesión del Silencio. Y la mueca desencajada de ojos huecos, también como de una estatua espantosa de cera, en el cantaor heorinómano, consciente de la cuenta atrás bajo su americana holgada y su pañuelo al cuello. El tintineo fúnebre entre los aplausos, de la colisión entre el oro de sus anillos y el vidrio de su whisky. Siempre que me meto en un autobús al azar, bajo la lluvia de Méndez-Alvaro, aparezco aquí. Y vuelvo a no saber qué hora es ni hacia adónde camino. Qué tiene esta ciudad, que como Rayuela, después de los 22 ya es siempre otra cosa. Si los bebés no vienen de París, hoy todos los perros vienen a morir a Albaycin. Y todos los dueños de nada, a recordarlo.

Se quedaría por estas calles el brillo de mi mirada adolescente, una última sonrisa imprudente desafiando al mundo. Se caería de mis bolsillos al salir tambaleante del Enano rojo, de Boogaclub, de Patapalo, de Afrodisia. Leo French Harina de Raúl Ferruz. Suena Tú misionero de Dios, de Grupo de expertos sol y nieve. Soy Michael Caine, observando con lascivia la ofensiva belleza de una juventud que ya no tengo, sumergido en el agua perfumada a 45º de unos baños árabes. Paseo por el Carmen de los Martires y ya sólo creo en la belleza y el dolor. Cuando regreso a esta ciudad me pregunto cuánto de irreversible será esta extrañeza abatida hacia todo lo real, esta apatía crónica que me distancia del presente. Cuando regreso a Granada sé el próximo destino de todos: un hedonismo sin pasión que nos destruya en silencio.

lunes, 21 de marzo de 2016

Confesión confusa (diez años después)

Hoy solo quiero conducir muy despacio, durante horas, hacia ningún lugar decidido.

jueves, 10 de marzo de 2016

beso líquido

Caen las gotas sobre un fondo de silencio, pesado y blando, como el preludio inconsciente de algo. Caen las gotas.

De lluvia, fina e implacable, en el campamento mal iluminado de 25.000 refugiados en Idomeni, frente a cientos de periodistas internacionales.
De quimioterapia, lentísima y letal, en el gotero del sillón número 12, bienvenido al hospital de día de Getafe, avísenos si necesita algo pulsando este pequeño interruptor.

Acaricio alambradas de espino y hogueras junto al endotelio embarrado de una arteria mesentérica infiltrada. Escucho en alta fidelidad el chapoteo sobre el lodo de unas botas infantiles y el llanto de una madre que se tapa la cara al salir de la consulta de Páncreas. Es arte una salpicadura de gemcitabina sobre la mejilla sonrosada y fría que no cubre el hiyab. Expuesto en ARCOmadrid 2016 25 aniversario: imaginando otros futuros. Claro que es arte la mancha de barro y orina surcando los hilos trenzados de seda, extendiéndose por la corbata nueva de un oncólogo sonriente. Instalación Sitaçoes límite 1 y 2, de Anna Bella Geiger. 75 x 320 x 140 cm. Pabellón HALL 7, stand F06, Galerie Bárbara Thumm, Berlín. Vendida.

Alguien muy drogado nos aliña desde el cielo a torpes chorrritos de esperanza y lujo, confundiendo ambos dispensadores, acabados en vidrio y acero, diseño sueco, ya disponibles en su tienda on line.
Pero caen las gotas, siguen cayendo.
Confirmando en su beso líquido el simple retraso inútil de todo aquello que avanza imparable.

domingo, 29 de noviembre de 2015

Calidade (Santiago de Compostela, otoño 2015)


Éranse dos meses que se acaban y una ciudad con una sed infinita que no logra secar el cielo. Una ciudad sobre piedra imantada a una nube eterna. Salgo del hospital y vuelvo a casa. Marca el itinerario un reguero de papeleras con paraguas partidos por el viento. Paseo mi resaca y un café frío por Bonaval. Animo al Obra en Fontes do Sar. Compro en el Gadis de Frai Rosendo. Corro por la Alameda y a mi paso, una paloma levanta el vuelo y mueve las hojas secas dejando un circulo perfecto de piedra descubierta.


Una chica lista y bonita me ha dejado desde 600 km porque cuando estaba conmigo le hacía sentir lejos. Converso con un anciano oncológico y profundamente deprimido, antes de sedarle y atravesar su esófago alojando una aguja en su mediastino, para diagnosticar la extensión metastásica que le excluirá de la cirugía.


Cruzo la plaza de San Martiño una noche de viernes cualquiera, bajo una lluvia finísima que acaricia mi cara, mal iluminada por las farolas tenues entre el Martin Millers del Atlantico y el soul del Camalea. Sé hacer ecoendoscopias. Sé estar solo y no sé si quiero. Gracias por todo, Compostela.


[Supongo que viajar consiste en descubrir que vives ignorando infinitas vidas paralelas y potencialmente felices, protagonizadas por ti, en casi cualquier otra parte del mundo.Y sin dejar de reconocer además el privilegio que supone tener un lugar al que volver. Para seguir sin saber qué es, eso que tendrás que seguir buscando.]