Dejar sonar la alarma del teléfono hasta que la batería se agote. Caminar descalzo por la tarima tibia, memoria velada de algún verano. Sujetar entre los labios el último cigarro de una cajetilla olvidada en tu salón. Salir al balcón, respirar una lluvia sucia que nada arrastre, el silencio cómplice de los muebles mal encolados, esta luz débil filtrándose entre nubes y parabólicas, no reflejada en los ojos de nadie.
Adivinar el rumor insoportable de una actualidad lejana y absurda. Renunciar a ella. Despreciarla.
Poner al fuego una cafetera, inclinarse sobre el quemador de gas, para encender aquel cigarrillo seco, casi una reverencia anacrónica de olor y sueño. Ya sabéis, todo esto.
Despertar de una siesta profunda puede ser estético e inútil. Como publicidad de ropa interior cara. Como una tristeza irracional y súbita.
Comparando la dificultad del examen...
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Hace 4 días
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