Será la innegable simpatía hacia los cúmulos de hojas de chopo, unidas en la humedad y la muerte para ocultar la sordidez de ciertas aceras. La adicción de mirar al cielo y mojarme la cara, alimentada por la mentira maternal durante la infancia, de que con el pelo mojado estaba más guapo.
Será el flujo continuo y subliminal de tristezas hermosas, entrando por tus ojos en forma de la extraña luz de un día de lluvia.
Será este pavor irracional a la figura espeluznante del paraguas.
La persistencia de los charcos, consecuencia irreversible de “la continuidad de los parques”, del más terrestre misterio de las pulsiones troposféricas.
Será el efecto estético del papel empapado y la tinta corrida,
recurso plástico barato, que conmigo aun funciona.
Será el recuerdo en tonos grises de tu rostro regado por el cielo, enmarcado por el retrovisor derecho, filtrándose en mi memoria. Avanzando lento e implacable como un tumor cerebral. Y el sonido terrible y eterno de la lluvia sobre el capó.
Será que de repente una mañana me quedaban pequeñas las botas de agua, y ya tuve siempre que poner los pies en el suelo.
Será la percepción del mundo desde detrás de un cristal mojado.
Un cristal atravesado por las estelas indolentes de las gotas que resbalan, que caen en picado unos centímetros y se vuelven a parar, coincidiendo con la arritmia agónica de una luz enferma que se apaga dentro de esta oscura y siniestra cueva de costillas.
Será el olor de la tierra mojada por el sabor del aire enterrado. Y el color de los campos surcados por el oleaje de las nubes bajas.
Será que en el fondo no sé porqué es.
Pero los días de lluvia me siento todo lo vulnerable que realmente soy.















