...coleccionando postalitas.
lunes, 7 de noviembre de 2011
domingo, 6 de noviembre de 2011
Tokio ya no nos hiere III
Decido, con muy buen criterio, no pasar la noche en las cabinas del aeropuerto, porque en esos nichos apenas le caben a uno los pies y porque resulta mucho más estimulante, para el cuerpo y para el alma, darse una vuelta por el infierno amable de Cao San Road. Ahora no tengo que registrar mis movimientos ni justificar mis gastos. Ahora puedo mirar las calles y dejar que los mensajes se acumulen en el correo electrónico como cartas en la puerta de un muerto. Ahora el placer es la primera y la única de mis prioridades. Ahora podría pasar la noche bailando y la noche siguiente también, si quisiera.
Pero no quiero.
Ahora puedo olvidar la imagen de la mujer, tu imagen, cada vez que aparezca.
Y después olvidar haberlo hecho.
El monorraíl entra en Bangkok y la gente se amontona en las estaciones y debajo de las estaciones, esperando un sitio en el andén. Bajo por las escaleras, primero al nivel de la autopista y luego al nivel de la vía lenta y aún otro nivel más hasta el suelo. Las barras de luz bajo los paraguas iluminan las caras de los cocineros y los clientes, a uno y otro lado de los puestos de pescado hervido. En Cao San Road se juntan todos los colgados del sudeste asiático esperando dinero, billetes de avión de saldo hacia cualquier esquina del planeta, visados, lo pero de la química amateur, cualquier cosa para seguir el viaje. Cao San Road es la gran estación para los viajeros en tránsito, el limbo, la sala de espera. Nadie quiere quedarse aquí mucho tiempo, y el que se queda aquí mucho tiempo sabe que las cosas no van bien, aunque por supuesto guarda siempre la esperanza de que todo mejore. Como se espera a que pare la lluvia. Con la misma esperanza imprecisa. Cao San Road no es nunca el final del viaje.
Los vendedores de cerveza se pasean arriba y abajo de la avenida con sus neveras de plástico colgadas del cuello. Me compro una lata de cerveza local, cojo una habitación en un hotel no demasiado sucio, me doy una ducha, me cambio de ropa y bajo a los callejones, detrás de los bares llenos de extranjeros que pasan las horas viendo películas americanas en televisiones colgadas del techo con cadenas. Compro un gramo de coca, algo parecido al DMT, y una bolsita de marihuana. Por supuesto me subo a dos preciosas tailandesas a la habitación. Bebemos, fumamos, nos metemos casi toda la cocaína y un poco del nefasto DMT. Me las follo a las dos con desesperación. Follar sin amor siempre es un acto desesperado, sobre todo para un viejo niño católico. Les pago más de lo que piden y menos de lo que merecen. Con la química que llevo en la maleta, el dinero va a dejar de ser un problema durante una buena temporada. Una de las chicas se larga enseguida, la otra se queda conmigo. Me cuesta dos o tres horas más quedarme dormido. Veo amanecer y miro pasar los vagones del monorraíl desde la ventana. Por un momento tengo la sensación de que ésta va a ser la mejor semana de mi vida y hasta puede que la última.
Me duermo pensando en la mujer que aparece en los sueños y fuera de ellos.
Sé cosas de nosotros y guardo otras cosas que imagino, como si fueran cartas firmadas con sangre.
Por fin estoy dispuesto a olvidarlo todo.
(...)
Ya no hay nada que la química no pueda esconder ni nada que la química no sea capaz de traer de vuelta.
(fragmento extraído de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga)
sábado, 5 de noviembre de 2011
jueves, 3 de noviembre de 2011
Tokio ya no nos hiere II
El autobús de Nogales se retrasa por culpa de un nuevo accidente aéreo. Un avión de pasajeros se ha derrumbado esta mañana en medio de la autopista 19. Todo el tráfico norte sur detenido. La habitual desolación en los telediarios y yo me quedo mirando la carretera como se miran las cosas que hace un minuto tenían sentido pero que ya no lo tienen. Como una botella vacía o un billete roto. Helicópteros sobrevolando toda la mañana, sustituyendo el servicio de autobuses. He dejado pasar dos, porque no tengo prisa y porque no quiero volar por encima de una hilera de muertos extendidos por toda la autopista. Así que me siento en la casa internacional del panqueque y me bebo una cerveza y espero rodeado de sirope y mermelada, intranquilo como alguien que después de oír el golpe contra su coche no es capaz de encontrar el animal muerto. Éste es un trabajo extraño. Fotos de inmensos panqueques bañados en nata y cientos de hombres y mujeres terriblemente obesos delante de cientos de panqueques. Las sillas y las mesas pintadas de rosa, las paredes y el techo pintados de azul celeste, flores de plástico en los maceteros, una anciana camino de Sun City esconde un perro en el bolso, hay un retrasado mental amenazando a una camarera con una cuchara de plástico, hay al menos dos ancianos con un solo brazo y la fuente de la entrada se ha quedado sin agua.
Dios no sabe que esto existe.
(...)
En Kaibab, cerca del gran cañón del Colorado, hay un valle donde la bruma se arrastra a ras de suelo y es una bruma helada y rápida, y es tan raro que uno no tiene más remedio que parar el coche y andar de un lado para otro, y aunque es el gran agujero el que atrae a los turistas, es este extraño valle el que te asusta no poder olvidar.
(...)
Después de hacer la entrega, durante todo el camino de vuelta a Phoenix, la bruma blanca del valle de Kaibab es lo único que me preocupa y cuando llego a la reserva de los indios hualapai para el siguiente negocio, aun me preocupa lo mismo. Por alguna razón no parece imposible que esa bruma pueda quedarse conmigo para siempre. El más viejo de los indios me cuenta una historia absurda acerca del incendio de un bosque hace más de treinta años. Lo perdí todo en ese incendio, dice el viejo, y por lo que a mí respecta es como si el fuego aún siguiera encendido. Por eso le necesito a usted, porque un incendio apagado puede seguir quemándole a uno toda la vida.
Después de acabar con los indios, mi coche me lleva hasta el aeropuerto en el valle dorado y, mientras espero a que el avión despegue, me imagino por un momento siendo el dueño de una vida distinta. Imagino una casa cerca de una ciudad pero aun así lo bastante lejos y nadie en el jardín y nada que merezca la pena olvidar ni nada que merezca ser recordado.
Y amanece en Tijuana y yo estoy solo y la moqueta de la habitación es azul y las cortinas amarillas y hay que volver a pasar el control y esta vez, como es lógico, da positivo aunque no sé bien porqué y eso desde luego también es normal, porque sólo después de olvidar eres completamente inocente y por eso mismo, definitivamente culpable.
(fragmento extraído de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Cuyo enfoque de los conceptos de memoria y olvido está cambiándo mi manera de entenderlos. Y puede que sea irreversible. Como las buenas lecturas y las malas experiencias.)
martes, 1 de noviembre de 2011
Ahora
"Llegará un momento en que extrañe
a la que ahora eres
porque ya no exista"
te dije.
El momento ha llegado.
Va a quedarse.
Y ahora no tengo a quién decírselo.
lunes, 31 de octubre de 2011
Tokio ya no nos hiere
Déjame que te diga cómo veo las cosas. Phoenix por la noche es un mundo aparte. Los travestis cubanos llenan los alrededores del zoo al norte de Temple Park. Mujeres altas colgadas de somníferos de vaca, guapas como estrellas de cine atropelladas, que la chupan junto a la jaula de un oso por el precio de una hamburguesa. Llevan abrigos de pieles sintéticas encima del cuerpo desnudo y mantienen alejados a los niños locales a tiros. Los niños locales se pelean por hacerlo gratis en los coches mientras sus madres y sus hermanas se tiran a los turistas al otro lado de Salt River, en los moteles de Broadway. Anfetaminas de todos los colores bajando por la avenida central, llamas negras de los laboratorios indios de mesa volviendo locos a los hinchas de fútbol, policías a caballo, policías a pie, policías vigilando desde el cielo, iluminando las calles con la luz azul de los helicópteros, la tripa de los aviones raspando la torre de telecomunicaciones, bares japoneses de karaoke llenos de colombianos armados, iglesias llenas de predicadores borrachos y fieles violentos y, por supuesto, también un montón de gente tranquila durmiendo en sus casas blancas de Paradise Valley.
Una venta sin sobresaltos cerca del aeropuerto y estoy en Temple buscando algo limpio para bajar dos ampollas de LTC que me tienen sujeto desde ayer como alguien al final de una escalera sin los tres últimos peldaños, una escalera incapaz de tocar el suelo. Me bebo una cerveza en una taquería mejicana. En la televisión hay un hombre mirando una cruz en llamas. En la calle hay un chapero con una cazadora roja de seda con un dragón bordado en la espalda. Esto es lo que pienso. Si algún día puedo salir de todo esto, de las ventas, de la química, de las anfetas y la morfina, de los estimulantes infantiles, de los polvos accidentales, del ruido de los helicópteros, si algún día consigo dejar todo esto y juntar a una pequeña familia en una de esas casas blancas del valle o lejos de aquí, en la vieja Europa, o donde sea; si algún día lo consigo, probablemente será ya demasiado tarde, porque hay algo dentro de mí que se arrastra hacia afuera, como la mano de un hombre dormido en una barca que se descuelga hasta tocar el agua.
(fragmento extraído de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga. Novela que me tiene absolutamente fascinado. Y de la que aviso, iré volcando pedacitos sobre la superficie del blog utilizando cualquier pretexto o sin necesitarlo en absoluto. Braseando sin clemencia alguna a todo visitante melancoholico con parte de su revelador contenido. Gracias desde aquí a la chica que me recomendó su lectura. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo prosa.)
domingo, 30 de octubre de 2011
Los que van a morir te saludan
De forma absolutamente inexplicable he sido aceptado en una nueva locura del genio hiperactivo de la red y el universo poético blogger que es Batania (Neorrabioso). Gracias. Se trata de un blog colectivo de poetas dispuestos a que les destripen sus versos las alimañas críticas que todos somos escondidos detrás de un nick o un avatar. Sin falsas modestias, sin respeto, sin hipocresías, sin polladas. Por fin. Participamos cincuentaytantos escribientes cibernéticos en este dudoso proyecto. Creo que sólo conozco en persona a dos. No sé de su continuidad a largo plazo ni me importa, y sí soy muy consciente del poquísimo tiempo que podré dedicarle a despedazar a otros sin clemencia o a exponerme yo mismo para que otros lo hagan, pero me ha parecido una idea atractiva. Una excusa más y nunca la última para seguir perdiendo el tiempo de estudio que no tengo. De momento, dejaré reposar esta imagen birlada como publicidad al respecto en el margen derecho de melancoholismo (pinchando sobre ella se accederá directamente al sitio en cuestión) y sumaré la url al blogroll de agonistas parciales.
Quiero que me salpique la sangre. A poder ser, la mía.
jueves, 27 de octubre de 2011
Sexo y palabra
Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.
(texto extraído de Papeles Inesperados y traducido del francés por Aurora Bernárdez, en que Julio Cortazar intenta ser un guarro y es ésto lo que le sale..)
miércoles, 26 de octubre de 2011
Ratel Rock en concierto!!
en un garito de Alcalá de Henares llamado Tic Tac
se estrena en directo la banda del hermano Danyelo.
Se llaman Ratel Rock (aquí su myspace)
y ya les han apodado los Motorhead de Serracines...
jujuju, qué jodido.
En la hora del inicio del concierto no se ponen muy de acuerdo, pero si no es a las 22:00 será a las 23:00. A mí, que estaré litroneando entre dos coches aparcados en la acera de enfrente no me trastornará demasiado.
"Nunca pises a un Ratel!! Nunca pises a un Ratel!!!"
sábado, 22 de octubre de 2011
Pasillo de congelados
Existe algo terrorífico en los autoservicios abiertos en mitad de la noche. Ese aliento contenido sobre el brillo de los suelos encerados. La pátina intemporal y colorista que cubre cientos de artículos idénticos en un orden perfecto y macabro. Y tus ojos bañados por la luz azul y extraña de los fluorescentes.
Algo sobrecogedor pero suspendido. Onírico y adulterado. Como una fotografía de saturación disparada ardiendo en un paréntesis de tiempo. Reciente y tuyo. Pero sostenido por unas manos ajenas. Perdido para siempre como un vale descuento.
La incertidumbre al final del pasillo de congelados y el ritmo sonámbulo como de inercia, de mirada cansada vagando borrosa por los letreros imposibles. Un atraco como siempre a punto de suceder. Tu boca como siempre a punto de besarme para que no me fíe de ti o para que cierre los ojos aunque sea un segundo y te encante ser la culpable. Para que te acabe contando los porqués tristes y hermosos de toda esta locura improbable.
Es algo parecido a una escena de David Lynch. Debe de ser por esto de sentirse observado a cada paso entre las cajas de cereales que no hace tanto eran tu paisaje matinal de fantasías acolchadas. Ahora todo tiene precio. Y tu pasado agotado sobre el estante vacío de whisky en oferta.
Se acabó el coqueteo estúpido con la estética del drama. Esta divertida imprudencia. He estado demasiado tiempo improvisando una tragedia sobreactuada por mero entretenimiento, y nunca quise creerme del todo el guión previsible y sufrido. Que ya es mi realidad única. Descosido el disfraz, arrasado el maquillaje, es mi piel igual de vulnerable para un nuevo yo algo más jodido. Sí, esto parece bastante definitivo.
De verdad que hay algo espeluznante y tenso en los supermercados abiertos a altas horas de la madrugada. Me miro desencajado en el reflejo de la botella que agarro con fuerza como si fuera mi vida y salgo corriendo bajo el cartón colgante de salida sin compra. Como si realmente fuera una salida.
jueves, 20 de octubre de 2011
Tragando desajustes
Si en un insomnio cualquiera, uno pretende aliviar el desvelo, puede que se le ocurra mirar hacia atrás. Cuántos hechos y deshechos se acumulan en cada recoveco de la memoria: amagos de osadía, pasos en falso, desamores y amores, admiraciones y esperpentos, porquerías y chispas de humor. Uno apenas se reconoce en los cruces de sí mismo consigo mismo. Como si se tratara de confusos borradores del azar, de rostros en la niebla, de maletas perdidas. (...)
Tragos
Un trago sirve para creer que la vida es sueño, o que el mundo se tambalea sin motivo. Sirve para imaginar que la realidad no nos humilla, precisamente en el momento en que la implacable nos está hundiendo. Sirve para envalentonárnos en los pasos previos al amor y en ciertos casos para ahuyentar al amor con el mal aliento.
El trago, cuando es medido, acaba con las penas menores, pero cuando es desmedido acaba con el hígado. (...)
En los perdones, siempre hay una pizca de hipocresía.
(Fragmentos de Vivir adrede, de Mario Benedetti)
sábado, 15 de octubre de 2011
Oquedad eterna
Me protegen
cien libros de tapas duras
marcadas con un cerco de vaso
(para que nadie entre). En mí.
Con alambradas de whisky, para nada.
Desde nadie. Mientras tanto caen
recuerdos por los tejados y lluvia,
munición de este insomnio
de ventanas tapiadas
(para luego siempre la misma duda
de luna aguada).
Sigo escribiendo a gritos.
Con los ojos cosidos de viento
y anestesiado el pecho contra mí mismo.
A malos tragos,
de este cubata de tinta con hielos
(para los golpes bajos). Sigo.
Amando
demasiado para no llegar a odiarme
nunca lo necesario. Viviendo
y siendo bebido, a punta afilada
de cada noche de sábado.
Muy de vuelta de mis vueltas de campana.
La noche me atraviesa la piel y sangro
luz de farola. Lejos caerán unos párpados
como estallan los cuerpos
contra las horas. Lejos. Se va sedimentando
la tristeza en esta caries de la retina
que son las mismas calles vacías
como litronas. Como palabras
amputadas, esta mirada.
No brilla. Quizá ya no sean
las mismas. Pero a más de mil vidas
inconfesables de distancia, te estremeces.
Mientras, estas manos frías
perdiéndose en otra boca.
Y en otra más. Muertas todas.
Desde más lejos todavía,
escueces. Sopla la vida fuerte
improvisando lejanías, juega
cuando otra vez al final de nada,
amanece.
Arde en alcohol el horizonte y queda
entre los dientes la ceniza de otras noches
y esta drogada oquedad eterna.
Macabra y fiel como una hipoteca o un charco
de rostros y burla enganchado a mis suelas.
Otra semana que arde
y nada me quema.
viernes, 14 de octubre de 2011
jueves, 13 de octubre de 2011
No te atrevas
Ahora. Después del tono exagerado y ridículo.
Artificialmente dramático. Grandilocuente y sentencioso que desacredita mis textos. Todos. Malos.
Que incapacita hasta el mínimo sustrato de experiencia real que puedan esconder. Ahora, precisamente.
Después de perder treinta veces ese estilo que tampoco era el mío otra vez. De abusar de adjetivos, dicen. De creerme original por no saber colocar los puntos y seguido. Ahora.
Después de meses de renglones torcidos de vergüenza. De asco.
Al verme encontrando una altísima carga literaria en todo lo prosaico y cotidiano, lo vacío, que me roza esquivándome.
Sin poder huir. De mis márgenes de pena. De mis letras mediocres.
Después de intentar aprovechar todo lo inútil que me ha quedado cerca tras el vendaval. Patético tras la tormenta de verano y palabras que es mi eterno presente. Ahora no.
No te atrevas a dejar de joderme la vida.
Justo ahora que estaba apunto de escribir algo decente.








