El monzón descarga sobre Main Bazar y
me refugio en un puestecito de venta de inciensos. El tendero me
invita a sentarme junto a él y mascar nuez de
areca en hoja de betel hasta que amaine. La luz se va y vuelve en varias ocasiones mientras
el agua golpea las uralitas, y bromeamos al respecto en un nefasto
inglés. Salgo de allí sorteando charcos y ciclorickshaws, e
identifico entre la muchedumbre a Antonio, un ingeniero de caminos
sevillano que conocí callejeando por Benarés. Le propongo comer
juntos en Sam's bar y resulta ser hermano de una rehabilitadora y
novio de una psiquiatra del Virgen Macarena. Me cuenta su experiencia
viajando por Rajastán y Bombay mientras devoramos palak paneer y arroz basmati con
salsa de menta.
Nos despedimos y paso mis últimas
horas en Paharganj adquiriendo baratijas. Ese deporte nacional que es
aquí el regateo, me pareció al llegar a India una irritante pérdida
de tiempo, un ridículo cortejo comercial para ociosos. Ahora, me
resulta un modo divertido de interaccionar con gentes locales y hasta
me sorprendo escenificando un teatrillo que logra las sonrisas
socarronas de los buhoneros y un buen precio por una figura en resina
de Visna y unos colgantes de tela y bayas.
La cantidad de suciedad bajo mis uñas indica la duración de ni estancia en India con un margen de error de unas 36 horas. Visito Jama Masjid y observo todo Vieja Delhi desde el minarete de 40 metros de altura tras 139 peldaños en espiral. Visito Qtab Minar y me enamoro de la mujer del vestido rojo como en el interior una versión oriental de Matrix. Visito Lodi Gardens y no me desenamoro de nada. Anochece y la temperatura sigue siendo
asfixiante. Me acomodo bajo el chorro de aire acondicionad en la recepción del hotel Prince Polonia.Veo un partido de Kabbadi en la televisión por cable (y no entiendo nada). Pido garlic naan y whisky solo. Duermo unos minutos.
Me despido de Delhi. Descomunal en su indolencia. Con
sus calles infinitas y ulceradas de pobreza y tiempo. Seguirá a mi
espalda, agotadora de belleza, saturando todos los sentidos, y en
todos los sentidos, a algún joven turista europeo. Ciudad armada de
ojos alegres de niños sucios. Ojos gritando una vitalidad insultante
en un idioma extraño. Me despido de Delhi sabiendo que en este lugar
la poesía no tiene sentido.
1 comentario:
Menos mal que la prosa tampoco se te da nada mal, entonces... ;)
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