jueves, 2 de mayo de 2013

romper el horizonte, remendar el tiempo


"Sentados en el mojón kilómetro 12 de la carretera Mahón-Cabo Cavallería, veíamos los barcos romper [técnicamente hablando, fragmentar] el horizonte en dos; tú jugabas a decir hacia dónde se dirigían; yo, de dónde venían, y me llamabas pesimista, constructor del pasado. Al final nos besábamos no sé si llevados por la pasión o solamente por el ansia de coser [técnicamente hablando, remendar] el tiempo. Ahora, las mañanas oscuras, muy muy oscuras, suelo volver allí, me siento y regreso a pie bordeando las escolleras hasta llegar a la avenida que emboca al puerto: las casas blancas, las persianas echadas, la soledad portuaria encajada en el olor a salitre; pienso entonces en aquellos errores como en particulares casos de una ley: necesarias sombras de los aciertos, y que en ese océano urbano yo soy el barco, pero nadie me observa; una ola más."

"Darse cuenta de que esos números a lápiz dejados por los carpinteros en los marcos de las puertas, en el reverso de las mesas, o en el interior de los cajones [supongo que también Dios olvidó signos por ahí tras crear el mundo], obedecen a un plan. Darse cuenta tras mucho indagar de que son fragmentos de música cósmica, quiero decir, de tu rostro, pues en él están partituras [también las futuras]. Darse cuenta de que esto es mentira y aun así invertir toda la vida en demostrarlo; esa es la tarea. Soy el camino más corto entre tu alma [que se queda] y tu cuerpo [que se va]."

(extraído de Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, de Agustín Fernandez Mallo)

1 comentario:

mvua dijo...
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