sábado, 2 de mayo de 2020

sólo el pueblo


"En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva"
Antonio Machado


"Dejareis de ser héroes cuando la gente no tenga miedo. Dejareis de ser héroes cuando a los políticos les interese. Ahora sois carne de cañón, por eso os llaman héroes." 

Senderos de Gloria, Stanley Kubrick

Nadie va a poder pagarnos lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo y todavía haremos. 
Pero podemos luchar para que ningún político se atribuya el mérito, y para que asuma su responsabilidad. Para recuperar nuestros derechos y dignidad, para no dejar caer la sanidad pública excelente que hemos tenido y nos merecemos. 

domingo, 10 de noviembre de 2019

Lou Reed era español, de Manuel Vilas

"Zaragoza no tiene chimeneas. Tiene un alcalde con barba, o tenía o tendrá: todos los alcaldes son el mismo alcalde. Zaragoza tiene viento, pero no es el viento del Juicio Final, es otro viento. No sabemos cuál, pero es otro. Zaragoza tiene mujeres bonitas. Zaragoza tiene muy largas avenidas con casas muy pequeñas.
Tiene semáforos que son idénticos a los semáforos de Sevilla, Pamplona y Madrid. Zaragoza tiene negros que sonríen a la vida. Zaragoza esconde alcohólicos en pisos del extrarradio.
En Zaragoza vivo yo.

Hubiera querido vivir en Nueva York, como todos y todas aunque no lo digan, pero acabé viviendo en Zaragoza. En Zaragoza, se habla castellano como en Salamanca, por ejemplo. En Zaragoza se come bien, pero todo está caro. En Zaragoza los sueldos son tan bajos como en Barcelona. En Zaragoza una cerveza cuesta 2,70 euros si te la tomas en un bar del centro.
Sólo puedes tomarte dos.

Me gusta cuando nieva, pero no nieva nunca en Zaragoza.
Zaragoza no tiene metro.
Tiene autobuses que van a los barrios y en los barrios hay mujeres medio desesperadas. Hay mercados donde venden borrajas. Las borrajas son una verdura típica de Zaragoza.
Una vez vino Lou Reed a cantar a Zaragoza, pero a Lou Reed nadie le dijo el nombre de la ciudad en la que iba a cantar.
Así que no sabe que estuvo aquí.
Nunca supo que estuvo aquí.

En Zaragoza, si te descuidas, te ahorcan, pero eso pasa más en Nueva York. Así que estamos muy bien aquí. Y hay mucho sol, para que te pongas moreno si quieres.
Una vez vino Lou Reed a cantar a Zaragoza, pero ya nadie lo recuerda.
Él murió.
Y los que estuvimos en aquel concierto del 14 de abril del año 2000 estamos olvidando. Y muriendo.
Nadie supo dónde durmió aquella noche Lou Reed y a nadie le importa una mierda como ésa, absolutamente a nadie y eso es hermoso, es hermoso que no lo importe a nadie dónde durmió Lou Reed aquella noche, son vacíos del tiempo, cuerpos y cuerpos, la historia de la humanidad, con sus luces de memoria y olvido, con sus cuerpos famosos y sus cuerpos anónimos.

Lo vieron volar por los cielos de Zaragoza.
Dijo "esta ciudad es terrible".
No volverá a cantar aquí.
Tal vez regrese el día del Juicio Final.
Porque si es verdad eso de la segunda venida de Jesucristo, igual Lou Reed vuelve por segunda vez a cantar en Zaragoza. "You never can tell", dijo alguien de allí, de Zaragoza."

(...)

"Lou nuestro
que estás en Manhattan,
santificado sea tu "Walk on the wild side";
venga a los españoles tu Voz;
hágase tu música
así en España como en el mundo.
Danos hoy
nuestra entrada gratuita a tus conciertos.
Perdona que en la heroína España
pirateemos tus discos,
como también nosotros perdonamos
los millones de dólares que te llevaste
de nuestros hispánicos bolsillos;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del gilipollas de Jim Morrison.

Amén."


Estos son los fragmentos de la novela que más me han llamado la atención. Lou Reed era español, de Manuel Vilas, no me parece mejor que Ordesa, no me ha gustado tanto. Pero me ha hecho sonreír, que no es poco. Y se me han despegado las páginas del lomo, quedando el libro materialmente un poco tarado y simpático.
Tiene Manuel Vilas esa virtud de lograr que te sientas identificado con el patético fracaso de sus personajes (que son todos él mismo) desde una inocencia risueña, casi traviesa, no exenta de pena, pero en absoluto victimista. Muy al contrario, atesorando todo el tiempo una belleza que reside en su inconsciencia, como de niñez. Sin embargo, con una crítica sardónica del presente, acidificada hasta lo salvaje, solo posible desde la perspectiva de un paso del tiempo no favorable.
He seleccionado estos pasajes, de las páginas 164, 165 y 197, que me han recordado, inevitablemente, a mi amiga Cristina, uróloga excompañera de hospital, trabajando ahora en la ciudad del Ebro; y a mi pareja, que vivió allí durante los años de universidad. Cómo no, a Elenita, científica investigadora de élite, exiliada en Manhattan; y a mis padres, claro, que una vez hace unos 23 años, me dejaron encontrar entre sus cosas, como un tesoro prohibido, un cassette polvoriento con unas letras en inglés y la fotografía de una cara demacrada.


lunes, 26 de agosto de 2019

Leed

https://elpais.com/elpais/2019/08/19/eps/1566211925_425707.html

Línea 1


"Florent escuchó las nuevas canciones. Cuando llegó a Línea 1, atendió a la letra y pensó que J no había perdido detalle de todo lo que le había estado pasando por la cabeza. Sabía que la canción hablaba de él. Entendía que era él mismo quien pronunciaba esas palabras. Pero no le molestó. Era una canción tranquila, avanzaba con una despreocupación que contrastaba con el veneno que llevaba su mensaje. Hablaba de cosas que ahora mismo no le apetecía escuchar, pero era tierna. J le había dado un punto de dulzura que la redimía. Hay canciones que purifican la situación más desagradable, que pueden trasladar un hecho concreto a un estadio superior, más allá del bien y del mal, a un dimensión paralela donde la moral no tiene valor, pues ha sido abolida. J había sublimado en una canción el eterno periplo de Florent. También el del propio J, claro. Pero, esta vez, Línea 1 era un regalo para Florent." 

(fragmento del libro de Nando Cruz Una semana en el motor de un autobús, la historia del disco que casi acaba con Los Planetas, publicado por Lengua de Trapo)


jueves, 22 de agosto de 2019

cine lento y exteriores reconocibles

Es un canto bajito y desafinado 
de amor
al Madrid interior 
y semivacío (sofocante,
sucio, perdido), que somos.
La riqueza cultural
y la pobreza inmobiliaria, besándose
como vino y coca-cola
(del vaso de plástico duro a reutilizar),
que somos. Buscando Lágrimas
de San Lorenzo en el Viaducto
olor a gallinejas y madurar.
Tecnocasa y Soleá
Morente en un autobús de la EMT. Jonás
haciéndole una sesión de Reiki a Quentin
en los jardines de Sabatini.
En un after clandestino de Lavapiés
que es un balcón con geranios de Cascorro.
Porque la he visto a gusto
(previas siesta y cerveza solo,
con todo
el aire acondicionado del mundo en los ojos
creo
que creo un poco (y te va a flipar),
en la virgen de Agosto.



sábado, 22 de junio de 2019

Cirrostratos y altocúmulos


De un tiempo a esta parte, vengo dedicando las mañanas de los domingos a leer en la prensa nacional las últimas columnas de escritores que admiro. Manuel Rivas, David Trueba o Almudena Grandes, por ejemplo. Lo hago con la ambición reconocida de ir adoptando de forma progresiva y sin mayor esfuerzo por mi parte, algo al menos de la fluidez de su prosa. De la sencillez certera de una prosa creíble y elegante, que no tengo.  

Aquí va el primer intento, servirá para juzgar la utilidad de mi nueva costumbre esperanzada.

Esta mañana desperté con la insistente resonancia mental de una palabra. De un nombre, más bien. De un nombre y un apellido, cuyo origen o significado, no conocía o no recordaba. En ocasiones ocurre que el inconsciente almacena una información durante nuestras vivencias rutinarias apresuradas. Un tiempo indeterminado después y sin razón lógica aparente, esta información acaba por aflorar hasta nuestro cerebro consciente de forma repentina, dejándolo a uno confuso e inquieto, obligándolo en ocasiones a volver a olvidar sin preguntarse nada.

Habitualmente me ha ocurrido a mí este curioso fenómeno, viniéndome a la mente, como una especie de regurgitación cognitiva,  un dato que no creía recordar, en el momento justo para compartirlo en una conversación sobre alguna materia aleatoria que de la que no poseo la más mínima cultura general. 

Platos de cocina coreana, la discografía de Los Pekenikes, los tipos de nubes cirroestratos y altocúmulos, el reglamento actualizado del balonmano playa, yo qué sé. La fecha exacta de una batalla célebre y lejana, el nombre auténtico no artístico de un director de cine o un vocalista de soul, vaya usted a saber, cualquier cosa. Palabras técnicas absurdas sobre geología, aprendidas alguna vez en la asignatura escolar de Conocimiento del Medio, edafología, astenosfera, foliación, buzamiento.

Y siempre en el contexto festivo de una ebriedad compartida con amigos o pareja, en un ambiente distendido, no laboral, con la guardia bajada (supongo que algo tendrá que ver, del mismo modo que recordamos más el contenido de nuestros sueños en períodos vacacionales en que estamos relajados). Aunque también con un ánimo discretamente eufórico, consecuencia innegable del alcohol consumido.

Esta vez no ha sido así, no había bebido nada, y estaba solo. Aunque bien pensado, el hecho de estar de guardia localizada durante el fin de semana, y haberme dormido la noche anterior con una incierta ansiedad basal (temeroso de una llamada urgente desde el hospital en plena madrugada), pudiera equipararse en cierta medida a la excitación del influjo etílico que antes mencionaba, no sé.

Siento algo de miedo, o de pudor, al desvelar exactamente qué dos palabras me han venido a la mente nada más despertar, esta mañana. Supongo que porque sé que así muestro a los demás, más de mi de  lo que yo mismo estoy dispuesto a saberme. La conciencia es esa autocensura de supervivencia. El inconsciente, ese trastero con humedades donde guardas los discos de grupos que ahora odias y fotos de exnovias que te hicieron daño. Un habitáculo asfixiante y con arañas, donde caben más trastos de lo que crees, del que mantienes alejado a las visitas, pero que te recuerda, de vez en cuando, quién eres y por qué.

No voy a cebarlo más, ahí van. “Álvaro” y “Cunqueiro”.

martes, 18 de junio de 2019

Un poco de psicodélico


"Florent estaba muy mal. Acostado en el sofá de la salita, ni se enteraba de la que se estaba liando en la habitación contigua. A Jesús se le había ocurrido un efecto psicodélico: escribir una frase al revés. leerla como tal quedase, con las letras ordenandas en estricto sentido inverso, y luego reproducirla marcha atrás con el magnetofón. J estaba entusiasmado con la marcianada.

La idea venía de lejos. J, Florent y Jesús habían estado jugando meses atrás con una grabadora estropeada que tenía un amigo en Madrid. Si registraban sonidos en una cara de la cinta, al darle la vuelta los reproducía al revés. Se pasaron la noche leyendo al revés nombres de grupos indies españoles y descojonándose al oir cómo sonaban al girar la casete. Kcin Ajítragal, Atsinumoc Oniliuqni Le.... Y venga a reír. Pusieron tanto empeño que al cabo de unas horas ya sabían leer de carrerilla y al revés "El Inquilino Comunista me chupa la polla". Con la tontería, el turrón y la botella de anís que habían comprado en el supermercado DIA les dieron las tantas.

Esa dicción retorcida y satánica le daría un buen punto a la canción que Los Planetas estaban grabando aquella tarde. Se titulaba "Dr. Osmond (para remontarte angélico)" e iba a formar parte del disco recopilatorio Maraworld 1.0 que editaría la Sala Maravillas de Madrid. En 1953, el doctor Humphry Osmond proporcionó la primera dosis de mescalina a Aldous Huxley. Un año después, el escritor publicaría el libro Las puertas de la percepción. Osmond y Huxley establecieron una estrecha amistad basada en sus inquietudes alucinógenas. Uno de los asuntos que discutieron largamente fue cómo bautizar el efecto que producía el consumo de drogas. Huxley proponía fanerotímico. Osmond acuñaría un término más sugerente: psicodélico. Y delirando con la idea de comercializar aquellas liberadoras sustancias en la adormecida sociedad de los años cincuenta, aportó un eslogan: "Para bucear en el infierno o remontarte angélico, sólo necesitas un poco de psicodélico". Osmond inventó una de las palabras que más veces han pronunciado Los Planetas. La frase que Los Planetas grabarían para aquella canción tenía que ser: Ociledocisp ed ocop nu, ocilegna etratnomer arap. o sea: Para remontarte angélico, un poco de psicodélico. El doctor Osmond estaría orgulloso de ellos. "


(fragmento del libro de Nando Cruz Una semana en el motor de un autobús, la historia del disco que casi acaba con Los Planetas, publicado por Lengua de Trapo)

domingo, 16 de junio de 2019

Hígado, sobre el origen de la palabra



Imprescindible conocimiento para todos los hepatólogos.
Nueva magistral lección de Emilio del Río, latinista tuittero.
Cada domingo en la 5ª hora del programa de RNE1 No es un día cualquiera, con Pepa Fernández.
Muchísimas gracias por recordarnos el origen de nuestra lengua para mantenerla así más viva en el presente.

domingo, 12 de mayo de 2019

Baño de bar en Willamsburg



Jackbar, curioso refugio.
Fotografias realizadas con una cámara SJCAM SJ5000.
En el 143 de Havemeyer St, Brooklyn, NY.
Gracias, Ele.

lunes, 15 de abril de 2019

Oración, un poema de Manuel Vilas

Ahora que ha finalizado el periodo de precampaña y comienza el de campaña electoral y en absolutamente nada se diferencian. Justo ahora que en cada radio que sintonizas, televisión que enciendes, avenida que recorres... Que en cada insalubre red social a la que te asomas recibes solamente metralla sorda de propaganda insultante.
Ahora que tan demostrada ha quedado en la historia reciente esa incapacidad de la mayoría para decidir un futuro menos esclavo para la propia mayoría. La vida es injusticia poética y leo en una carta certificada que he sido designado con el honor obligatorio de constituir mesa electoral el próximo domingo 28 como suplente de vocal. Justo ahora que cuanto sé me produce de inmediato una infinita pereza.
Una metralla sorda de propaganda agotadora, para dimitir del latir inútil del mundo. Ahora que solo quiero refugiarme detrás de un endoscopio hasta que se extinga la humanidad entera. Es un verdadero placer releer y teclear este poema devastador y genial de Manuel Vilas.


"El vacío general de todas las cosas.
La ingravidez de la democracia, la ingravidez
de los parlamentos europeos,
el laico vacío de los edificios públicos.

El vacío de la entrega del premio Cervantes a ancianos noqueados.
La ingravidez de la concesión del premio Nobel
a ancianos que escribieron en inglés igualmente noqueados.

La ingravidez del capitalismo: la severa vanidad
de un automóvil, de un edificio, de unos zapatos nuevos.

El frío ante todas las artes de la Historia.

El vacío en las reuniones del G-8, legislando
sobre la nada y sobre los pobres y los enfermos.

La ingravidez de los Rolling Stones, una vez acabado
el concierto la gente regresa a pisos escuálidos en transporte público,
en ordenadas y cívicas ciudades occidentales.

El vacío de la riqueza, su funesta materia inorgánica.
La ingravidez de la ONU.
El frío de la ancianidad de Margaret Thatcher.

La insignificancia de España.

El vacío de los océanos.

El frío de las vísceras de los Reyes y de los Presidentes de todas las Repúblicas.

La ingravidez de las habitaciones de los hoteles de lujo.
El frío del alcoholismo, última luz del mundo.

La insignificancia de Central Park, en Nueva York.

El vacío de las Navidades.

La insignificancia de Francia.

La ingravidez de la Unión Europea.

El vacío de todos los salarios del universo.

La ingravidez de las calles
de todas las ciudades del planeta.

El vacío de la enfermedad.

La insignificancia de los mejores hospitales estadounidenses.

El frío de la disfunción eréctil, el vacío de la sequedad vaginal.

La ingravidez del cáncer de colon."


sábado, 29 de diciembre de 2018

fragmento de Vernon Subutex 1, de Virginie Despentes

"Vernon encontró una foto en la que aparecían los cuatro. Los tres muertos y él. Posaban a su alrededor el día que cumplió treinta y cinco años. Una bonita foto, de esas que se toman con una cámara analógica y se hacen copias para los amigos. Cuatro chicos confundidos pero delgados, con todo su pelo, los ojos vivos y la sonrisa sin amargura. Levantaban el vaso, aquella noche Vernon estaba deprimido, cumplir treinta y cinco años le destrozaba la moral. Cuatro tíos guapos, felices de ser unos cretinos que no se enteraban de nada, y que sobre todo no sabían hasta qué punto estaban en la parte buena de lo que les deparaba la vida. Escucharon a Smokey Robinson gran parte de la noche."

miércoles, 12 de diciembre de 2018

fragmentos de Ordesa, de Manuel Vilas

"Llevo ya mucho tiempo sin beber.
Creí que no lo conseguiría, pero lo he conseguido. Hay ocasiones en que me apetece muchísimo tomarme una cerveza, una copa de vino blanco muy frío. La bebida me estaba matando, iba a ella de forma compulsiva, buscando el fin. Reaccioné. Ahora sigo sufriendo, pero no bebo.

Bebí muchísimo. Tuve dos ingresos hospitalarios. Me caía en mitad de la calle y venía la policía.
Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando mucho a tu propia vida, por lo insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro.
Beber era más importante que vivir, era el paraíso.
Beber mejoraba el mundo, y eso siempre será así.

(...)

Cuando no bebes, los días son más largos, los pensamientos pesan más, los lugares se fortalecen, no olvidas nada en las habitaciones de los hoteles, no rayas el coche, no rompes los retrovisores cuando aparcas, no se te cae el móvil en la taza del váter, no confundes los rostros de la gente."

jueves, 22 de noviembre de 2018

Retrato, un poema de Manuel Vilas

"De cabeza grande, hermanada con el sol.
De manos abiertas, como el firmamento.

Elegante y anticuado,
coronel de arterias
y falanges decepcionadas.

Piel enrojecida y pelo blanco siempre.

Nunca fue nadie y nada tuvo,
ni poder ni dinero.

Tuvo un coche viejo, que ya murió.

Medía un metro ochenta.

Vivió como si no existiese España,
la Historia y el Mundo.

Como si no existiese el Mal.

Le gustaban los pueblos tranquilos de Huesca
y las montañas serenas.

Antes de convertirse
en un ser humano llamado Vilas
fue un silencio cósmico.

Antes de convertirse
en el hombre más alto de mi infancia
fue un desconocido.

Dueño de nuestra verdad, se la llevó muy lejos.

Los muertos esperan nuestra muerte si algo esperan.

Brindo por tu misterio."


(poema bellísimo, incluido como parte del Epílogo del magnánimo Ordesa, de Manuel Vilas)

martes, 6 de noviembre de 2018

desde un palomar


No echaré de menos el rodar incensante de las maletas sobre el adoquinado. Voy a echar de menos ver partidos de baloncesto televisados en la Mina con olor a gambas a la plancha. Los versos de Batania a eding negro sobre los cubos de basura en la acera, frente a cada portal de mi calle, mientras se inauguraba el día y me dirigía al trabajo, eso sí lo voy a echar de menos. No echaré de menos los narcopisos, el Carrefour abierto veinticuatro-siete, los desahucios de ancianos y enfermos. Voy a echar de menos el Café Quino, que después se llamó Dr. Steam. La filmoteca (cines Doré), los conciertos en Tabacalera las tardes de domingo y lluvia. Los futbolines en la Revuelta tras las manifestaciones de la marea blanca durante nuestra huelga sanitaria. Aquel solar de la plaza en que se construía vecindad y ahora es un flamante hotel de compañía multinacional y una conocida hamburguesería de franquicia. No voy a echar de menos los regueros de orina seca atravesando las baldosas del cruce de Ave María con calle Esperanza, las estridentes despedidas de soltera, las escaleras del teatro Valle-Inclán tapizadas de yonkilatas los sábados por la mañana. Voy a echar de menos la música en la calle, desde mi balcón luminoso, los olores a cuero y a curry. Volver en bici de la Casa de Campo, sudado y contento y saludar a los perros de mi vecina. La tienda de discos Bajo el Volcán, la panadería de Moha. La peluquería tradicional Mj estilistas, a la que empecé a ir con Rodri, cuando nos mudamos. La pollería de calle Valencia donde trabajaba la madre de Ainhoa, la chica que conocí en el gimnasio de Doctor Fourquet, que ya también ha cerrado. Las noches de fiesta que pasamos juntos todos los que ya nos hemos ido a vivir a otra parte (quizá también a vivir otra parte, de algo). Frente al Juglar y el Chiscón, apoyados en los coches aparcados, tomando el frío a la luz de las farolas, en la plaza de Ministriles (Xosé Tarrío), en las escaleras de la plaza de las escuelas Pías (Agustín Lara-Arturo Barea). Aquellas noches vertiginosas y desenfocadas que no acababan nunca. En que todo lo que podía pasar nos pasaba.


Este es mi quinto alquiler desde que dejara la casa de mis padres hace más de 6 años. Calle Pedro Unanúe, Calle Tarragona, Ronda de Valencia, Calle Ave María, y ahora ésta. Y va a ser la primera vez que viva solo. En Barcelona y Compostela no duré ni 3 meses, fueron más unas vacaciones trabajando que un intento de hogar. Ahora mi domicilio está en el cuarto piso sin ascensor de una corrala pendiente de reformar y más alejada del centro. Abro el portal y huele al detergente húmedo de la ropa tendida, también un poco a marihuana fresca, casi a los guisos de las cocinas exóticas de mis vecinos de países lejanos. Subo las escaleras empinadas de madera vieja y cruje hundiéndose unos milimétros cada escalón bajo mis pasos. Al menos viven aquí una familia numerosa de Bangladesh, una joven pareja oriental (por sus rostros no sé ubicar geográficamente su origen con más precisión) y un tipo español ya entrado en la cuarentena, fascinado, supongo, por la música electrónica. Quizá con secuelas neurológicas de la tardía resonancia que tuvo en Madrid la ruta del bakalao valenciana hace casi 20 años. Veo pegatinas de la discoteca Radical adheridas a su puerta y su nostalgia me produce ternura. También vive aquí, junto a su perro, un molesto pastor belga, la presidenta de la comunidad, una robusta mujer con un extraordinario parecido físico a la temible profesora Tronchatoro, directora de la escuela de Matilda. Y mi vecina más próxima, que sólo oigo pero nunca he visto, y cuyo felpudo reza: "hoy no duermo sola".

No sabes lo que aprecias un objeto material hasta que no lo salvas de la quema de recuerdos que es una mudanza. Hasta aquí me han acompañado un viejo molinillo de café robado, una caricatura monstruosa de mi rostro dibujada por Chema, una (Julio Cor-) taza de desayuno, regalo literario y guasón de Sol (que me descubrió así Blogger de Niro) y el póster en papel pluma que me regaló Alfonso, aquella Oda a los viernes, queridísimo fragmento de Héroes de Ray Loriga. También una chapa de Aleatorio, el bar de Escandar, y otra del grupo de música Talco, recuerdo de su concierto en el festival Shikillo de Candeleda. La bufanda del estudiantes que compré con Ángel. El tronquito barnizado que nos regalaron los chicos del campa de Marina en el que cocinamos aquel verano. El mismo felpudo que regalé a Elenita y cruzó el atlántico hasta su puerta, protege también la mía. Me recuerda a diario que la distancia nos acerca, que todos somos nómadas y olvidarlo una moda.


Es tan pequeño y encaramado, que al visitarlo mi amigo Pablo, nunca desprovisto de ingenio y maldad, disfrutó definiendolo como "un palomar". Y así quedó cariñosamente bautizado hasta hoy. Estoy cómodo aquí, después de invertir trabajo y tiempo, de una incansable tozudez y bastante ayuda. De sudor a pesar de ventiladores, de manchas de pintura plástica en el pelo, de mis cuádriceps agotados subiendo cajas a pulso por la escalera empinada, siento ahora este espacio como mío. Una especie de lenta conquista del inmueble desafortunado e impersonal que era, por la identidad voluntariosa que ahora soy, por simplemente lo que vivo y cómo, porque lo voy a vivir aquí, y saberlo me basta.

Aun así, no puedo evitar identificarme una cierta, confundida tristeza por haber dejado Lavapiés. Supongo que simplemente fui feliz allí. Pasaron cosas disparatadas de las que aprendí sin parar de reírme, golpes de suerte que aun celebro y también unos pocos golpes bajos que ya no duelen. El hedonismo salvaje y el nihilismo convencido que paseé por esas calles, a menudo borracho y rodeado de chicas bonitas y buenos amigos. No quiero reconocer que en realidad marcharme de allí simboliza para mí el final irreversible de una etapa de juventud rabiosa en que estuve perdido pero furiosamente vivo. Y gratamente acompañado. 

https://www.youtube.com/watch?v=23qqYzjP3lc

domingo, 14 de octubre de 2018