sábado, 22 de junio de 2019

Cirrostratos y altocúmulos


De un tiempo a esta parte, vengo dedicando las mañanas de los domingos a leer en la prensa nacional las últimas columnas de escritores que admiro. Manuel Rivas, David Trueba o Almudena Grandes, por ejemplo. Lo hago con la ambición reconocida de ir adoptando de forma progresiva y sin mayor esfuerzo por mi parte, algo al menos de la fluidez de su prosa. De la sencillez certera de una prosa creíble y elegante, que no tengo.  

Aquí va el primer intento, servirá para juzgar la utilidad de mi nueva costumbre esperanzada.

Esta mañana desperté con la insistente resonancia mental de una palabra. De un nombre, más bien. De un nombre y un apellido, cuyo origen o significado, no conocía o no recordaba. En ocasiones ocurre que el inconsciente almacena una información durante nuestras vivencias rutinarias apresuradas. Un tiempo indeterminado después y sin razón lógica aparente, esta información acaba por aflorar hasta nuestro cerebro consciente de forma repentina, dejándolo a uno confuso e inquieto, obligándolo en ocasiones a volver a olvidar sin preguntarse nada.

Habitualmente me ha ocurrido a mí este curioso fenómeno, viniéndome a la mente, como una especie de regurgitación cognitiva,  un dato que no creía recordar, en el momento justo para compartirlo en una conversación sobre alguna materia aleatoria que de la que no poseo la más mínima cultura general. 

Platos de cocina coreana, la discografía de Los Pekenikes, los tipos de nubes cirroestratos y altocúmulos, el reglamento actualizado del balonmano playa, yo qué sé. La fecha exacta de una batalla célebre y lejana, el nombre auténtico no artístico de un director de cine o un vocalista de soul, vaya usted a saber, cualquier cosa. Palabras técnicas absurdas sobre geología, aprendidas alguna vez en la asignatura escolar de Conocimiento del Medio, edafología, astenosfera, foliación, buzamiento.

Y siempre en el contexto festivo de una ebriedad compartida con amigos o pareja, en un ambiente distendido, no laboral, con la guardia bajada (supongo que algo tendrá que ver, del mismo modo que recordamos más el contenido de nuestros sueños en períodos vacacionales en que estamos relajados). Aunque también con un ánimo discretamente eufórico, consecuencia innegable del alcohol consumido.

Esta vez no ha sido así, no había bebido nada, y estaba solo. Aunque bien pensado, el hecho de estar de guardia localizada durante el fin de semana, y haberme dormido la noche anterior con una incierta ansiedad basal (temeroso de una llamada urgente desde el hospital en plena madrugada), pudiera equipararse en cierta medida a la excitación del influjo etílico que antes mencionaba, no sé.

Siento algo de miedo, o de pudor, al desvelar exactamente qué dos palabras me han venido a la mente nada más despertar, esta mañana. Supongo que porque sé que así muestro a los demás, más de mi de  lo que yo mismo estoy dispuesto a saberme. La conciencia es esa autocensura de supervivencia. El inconsciente, ese trastero con humedades donde guardas los discos de grupos que ahora odias y fotos de exnovias que te hicieron daño. Un habitáculo asfixiante y con arañas, donde caben más trastos de lo que crees, del que mantienes alejado a las visitas, pero que te recuerda, de vez en cuando, quién eres y por qué.

No voy a cebarlo más, ahí van. “Álvaro” y “Cunqueiro”.

martes, 18 de junio de 2019

Un poco de psicodélico


"Florent estaba muy mal. Acostado en el sofá de la salita, ni se enteraba de la que se estaba liando en la habitación contigua. A Jesús se le había ocurrido un efecto psicodélico: escribir una frase al revés. leerla como tal quedase, con las letras ordenandas en estricto sentido inverso, y luego reproducirla marcha atrás con el magnetofón. J estaba entusiasmado con la marcianada.

La idea venía de lejos. J, Florent y Jesús habían estado jugando meses atrás con una grabadora estropeada que tenía un amigo en Madrid. Si registraban sonidos en una cara de la cinta, al darle la vuelta los reproducía al revés. Se pasaron la noche leyendo al revés nombres de grupos indies españoles y descojonándose al oir cómo sonaban al girar la casete. Kcin Ajítragal, Atsinumoc Oniliuqni Le.... Y venga a reír. Pusieron tanto empeño que al cabo de unas horas ya sabían leer de carrerilla y al revés "El Inquilino Comunista me chupa la polla". Con la tontería, el turrón y la botella de anís que habían comprado en el supermercado DIA les dieron las tantas.

Esa dicción retorcida y satánica le daría un buen punto a la canción que Los Planetas estaban grabando aquella tarde. Se titulaba "Dr. Osmond (para remontarte angélico)" e iba a formar parte del disco recopilatorio Maraworld 1.0 que editaría la Sala Maravillas de Madrid. En 1953, el doctor Humphry Osmond proporcionó la primera dosis de mescalina a Aldous Huxley. Un año después, el escritor publicaría el libro Las puertas de la percepción. Osmond y Huxley establecieron una estrecha amistad basada en sus inquietudes alucinógenas. Uno de los asuntos que discutieron largamente fue cómo bautizar el efecto que producía el consumo de drogas. Huxley proponía fanerotímico. Osmond acuñaría un término más sugerente: psicodélico. Y delirando con la idea de comercializar aquellas liberadoras sustancias en la adormecida sociedad de los años cincuenta, aportó un eslogan: "Para bucear en el infierno o remontarte angélico, sólo necesitas un poco de psicodélico". Osmond inventó una de las palabras que más veces han pronunciado Los Planetas. La frase que Los Planetas grabarían para aquella canción tenía que ser: Ociledocisp ed ocop nu, ocilegna etratnomer arap. o sea: Para remontarte angélico, un poco de psicodélico. El doctor Osmond estaría orgulloso de ellos. "


(fragmento del libro de Nando Cruz Una semana en el motor de un autobús, la historia del disco que casi acaba con Los Planetas, publicado por Lengua de Trapo)

domingo, 16 de junio de 2019

Hígado, sobre el origen de la palabra



Imprescindible conocimiento para todos los hepatólogos.
Nueva magistral lección de Emilio del Río, latinista tuittero.
Cada domingo en la 5ª hora del programa de RNE1 No es un día cualquiera, con Pepa Fernández.
Muchísimas gracias por recordarnos el origen de nuestra lengua para mantenerla así más viva en el presente.

domingo, 12 de mayo de 2019

Baño de bar en Willamsburg



Jackbar, curioso refugio.
Fotografias realizadas con una cámara SJCAM SJ5000.
En el 143 de Havemeyer St, Brooklyn, NY.
Gracias, Ele.

lunes, 15 de abril de 2019

Oración, un poema de Manuel Vilas

Ahora que ha finalizado el periodo de precampaña y comienza el de campaña electoral y en absolutamente nada se diferencian. Justo ahora que en cada radio que sintonizas, televisión que enciendes, avenida que recorres... Que en cada insalubre red social a la que te asomas recibes solamente metralla sorda de propaganda insultante.
Ahora que tan demostrada ha quedado en la historia reciente esa incapacidad de la mayoría para decidir un futuro menos esclavo para la propia mayoría. La vida es injusticia poética y leo en una carta certificada que he sido designado con el honor obligatorio de constituir mesa electoral el próximo domingo 28 como suplente de vocal. Justo ahora que cuanto sé me produce de inmediato una infinita pereza.
Una metralla sorda de propaganda agotadora, para dimitir del latir inútil del mundo. Ahora que solo quiero refugiarme detrás de un endoscopio hasta que se extinga la humanidad entera. Es un verdadero placer releer y teclear este poema devastador y genial de Manuel Vilas.


"El vacío general de todas las cosas.
La ingravidez de la democracia, la ingravidez
de los parlamentos europeos,
el laico vacío de los edificios públicos.

El vacío de la entrega del premio Cervantes a ancianos noqueados.
La ingravidez de la concesión del premio Nobel
a ancianos que escribieron en inglés igualmente noqueados.

La ingravidez del capitalismo: la severa vanidad
de un automóvil, de un edificio, de unos zapatos nuevos.

El frío ante todas las artes de la Historia.

El vacío en las reuniones del G-8, legislando
sobre la nada y sobre los pobres y los enfermos.

La ingravidez de los Rolling Stones, una vez acabado
el concierto la gente regresa a pisos escuálidos en transporte público,
en ordenadas y cívicas ciudades occidentales.

El vacío de la riqueza, su funesta materia inorgánica.
La ingravidez de la ONU.
El frío de la ancianidad de Margaret Thatcher.

La insignificancia de España.

El vacío de los océanos.

El frío de las vísceras de los Reyes y de los Presidentes de todas las Repúblicas.

La ingravidez de las habitaciones de los hoteles de lujo.
El frío del alcoholismo, última luz del mundo.

La insignificancia de Central Park, en Nueva York.

El vacío de las Navidades.

La insignificancia de Francia.

La ingravidez de la Unión Europea.

El vacío de todos los salarios del universo.

La ingravidez de las calles
de todas las ciudades del planeta.

El vacío de la enfermedad.

La insignificancia de los mejores hospitales estadounidenses.

El frío de la disfunción eréctil, el vacío de la sequedad vaginal.

La ingravidez del cáncer de colon."


sábado, 29 de diciembre de 2018

fragmento de Vernon Subutex 1, de Virginie Despentes

"Vernon encontró una foto en la que aparecían los cuatro. Los tres muertos y él. Posaban a su alrededor el día que cumplió treinta y cinco años. Una bonita foto, de esas que se toman con una cámara analógica y se hacen copias para los amigos. Cuatro chicos confundidos pero delgados, con todo su pelo, los ojos vivos y la sonrisa sin amargura. Levantaban el vaso, aquella noche Vernon estaba deprimido, cumplir treinta y cinco años le destrozaba la moral. Cuatro tíos guapos, felices de ser unos cretinos que no se enteraban de nada, y que sobre todo no sabían hasta qué punto estaban en la parte buena de lo que les deparaba la vida. Escucharon a Smokey Robinson gran parte de la noche."

miércoles, 12 de diciembre de 2018

fragmentos de Ordesa, de Manuel Vilas

"Llevo ya mucho tiempo sin beber.
Creí que no lo conseguiría, pero lo he conseguido. Hay ocasiones en que me apetece muchísimo tomarme una cerveza, una copa de vino blanco muy frío. La bebida me estaba matando, iba a ella de forma compulsiva, buscando el fin. Reaccioné. Ahora sigo sufriendo, pero no bebo.

Bebí muchísimo. Tuve dos ingresos hospitalarios. Me caía en mitad de la calle y venía la policía.
Todo alcohólico llega al momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo. Una especie de elección ortográfica: o te quedas con las bes o con las uves. Y resulta que acabas amando mucho a tu propia vida, por lo insípida y miserable que sea. Hay otros que no, que no salen, que mueren. Quien ha bebido mucho sabe que el alcohol es una herramienta que rompe el candado del mundo. Acabas viéndolo todo mejor, si luego sabes salir de allí, claro.
Beber era más importante que vivir, era el paraíso.
Beber mejoraba el mundo, y eso siempre será así.

(...)

Cuando no bebes, los días son más largos, los pensamientos pesan más, los lugares se fortalecen, no olvidas nada en las habitaciones de los hoteles, no rayas el coche, no rompes los retrovisores cuando aparcas, no se te cae el móvil en la taza del váter, no confundes los rostros de la gente."

jueves, 22 de noviembre de 2018

Retrato, un poema de Manuel Vilas

"De cabeza grande, hermanada con el sol.
De manos abiertas, como el firmamento.

Elegante y anticuado,
coronel de arterias
y falanges decepcionadas.

Piel enrojecida y pelo blanco siempre.

Nunca fue nadie y nada tuvo,
ni poder ni dinero.

Tuvo un coche viejo, que ya murió.

Medía un metro ochenta.

Vivió como si no existiese España,
la Historia y el Mundo.

Como si no existiese el Mal.

Le gustaban los pueblos tranquilos de Huesca
y las montañas serenas.

Antes de convertirse
en un ser humano llamado Vilas
fue un silencio cósmico.

Antes de convertirse
en el hombre más alto de mi infancia
fue un desconocido.

Dueño de nuestra verdad, se la llevó muy lejos.

Los muertos esperan nuestra muerte si algo esperan.

Brindo por tu misterio."


(poema bellísimo, incluido como parte del Epílogo del magnánimo Ordesa, de Manuel Vilas)

martes, 6 de noviembre de 2018

desde un palomar


No echaré de menos el rodar incensante de las maletas sobre el adoquinado. Voy a echar de menos ver partidos de baloncesto televisados en la Mina con olor a gambas a la plancha. Los versos de Batania a eding negro sobre los cubos de basura en la acera, frente a cada portal de mi calle, mientras se inauguraba el día y me dirigía al trabajo, eso sí lo voy a echar de menos. No echaré de menos los narcopisos, el Carrefour abierto veinticuatro-siete, los desahucios de ancianos y enfermos. Voy a echar de menos el Café Quino, que después se llamó Dr. Steam. La filmoteca (cines Doré), los conciertos en Tabacalera las tardes de domingo y lluvia. Los futbolines en la Revuelta tras las manifestaciones de la marea blanca durante nuestra huelga sanitaria. Aquel solar de la plaza en que se construía vecindad y ahora es un flamante hotel de compañía multinacional y una conocida hamburguesería de franquicia. No voy a echar de menos los regueros de orina seca atravesando las baldosas del cruce de Ave María con calle Esperanza, las estridentes despedidas de soltera, las escaleras del teatro Valle-Inclán tapizadas de yonkilatas los sábados por la mañana. Voy a echar de menos la música en la calle, desde mi balcón luminoso, los olores a cuero y a curry. Volver en bici de la Casa de Campo, sudado y contento y saludar a los perros de mi vecina. La tienda de discos Bajo el Volcán, la panadería de Moha. La peluquería tradicional Mj estilistas, a la que empecé a ir con Rodri, cuando nos mudamos. La pollería de calle Valencia donde trabajaba la madre de Ainhoa, la chica que conocí en el gimnasio de Doctor Fourquet, que ya también ha cerrado. Las noches de fiesta que pasamos juntos todos los que ya nos hemos ido a vivir a otra parte (quizá también a vivir otra parte, de algo). Frente al Juglar y el Chiscón, apoyados en los coches aparcados, tomando el frío a la luz de las farolas, en la plaza de Ministriles (Xosé Tarrío), en las escaleras de la plaza de las escuelas Pías (Agustín Lara-Arturo Barea). Aquellas noches vertiginosas y desenfocadas que no acababan nunca. En que todo lo que podía pasar nos pasaba.


Este es mi quinto alquiler desde que dejara la casa de mis padres hace más de 6 años. Calle Pedro Unanúe, Calle Tarragona, Ronda de Valencia, Calle Ave María, y ahora ésta. Y va a ser la primera vez que viva solo. En Barcelona y Compostela no duré ni 3 meses, fueron más unas vacaciones trabajando que un intento de hogar. Ahora mi domicilio está en el cuarto piso sin ascensor de una corrala pendiente de reformar y más alejada del centro. Abro el portal y huele al detergente húmedo de la ropa tendida, también un poco a marihuana fresca, casi a los guisos de las cocinas exóticas de mis vecinos de países lejanos. Subo las escaleras empinadas de madera vieja y cruje hundiéndose unos milimétros cada escalón bajo mis pasos. Al menos viven aquí una familia numerosa de Bangladesh, una joven pareja oriental (por sus rostros no sé ubicar geográficamente su origen con más precisión) y un tipo español ya entrado en la cuarentena, fascinado, supongo, por la música electrónica. Quizá con secuelas neurológicas de la tardía resonancia que tuvo en Madrid la ruta del bakalao valenciana hace casi 20 años. Veo pegatinas de la discoteca Radical adheridas a su puerta y su nostalgia me produce ternura. También vive aquí, junto a su perro, un molesto pastor belga, la presidenta de la comunidad, una robusta mujer con un extraordinario parecido físico a la temible profesora Tronchatoro, directora de la escuela de Matilda. Y mi vecina más próxima, que sólo oigo pero nunca he visto, y cuyo felpudo reza: "hoy no duermo sola".

No sabes lo que aprecias un objeto material hasta que no lo salvas de la quema de recuerdos que es una mudanza. Hasta aquí me han acompañado un viejo molinillo de café robado, una caricatura monstruosa de mi rostro dibujada por Chema, una (Julio Cor-) taza de desayuno, regalo literario y guasón de Sol (que me descubrió así Blogger de Niro) y el póster en papel pluma que me regaló Alfonso, aquella Oda a los viernes, queridísimo fragmento de Héroes de Ray Loriga. También una chapa de Aleatorio, el bar de Escandar, y otra del grupo de música Talco, recuerdo de su concierto en el festival Shikillo de Candeleda. La bufanda del estudiantes que compré con Ángel. El tronquito barnizado que nos regalaron los chicos del campa de Marina en el que cocinamos aquel verano. El mismo felpudo que regalé a Elenita y cruzó el atlántico hasta su puerta, protege también la mía. Me recuerda a diario que la distancia nos acerca, que todos somos nómadas y olvidarlo una moda.


Es tan pequeño y encaramado, que al visitarlo mi amigo Pablo, nunca desprovisto de ingenio y maldad, disfrutó definiendolo como "un palomar". Y así quedó cariñosamente bautizado hasta hoy. Estoy cómodo aquí, después de invertir trabajo y tiempo, de una incansable tozudez y bastante ayuda. De sudor a pesar de ventiladores, de manchas de pintura plástica en el pelo, de mis cuádriceps agotados subiendo cajas a pulso por la escalera empinada, siento ahora este espacio como mío. Una especie de lenta conquista del inmueble desafortunado e impersonal que era, por la identidad voluntariosa que ahora soy, por simplemente lo que vivo y cómo, porque lo voy a vivir aquí, y saberlo me basta.

Aun así, no puedo evitar identificarme una cierta, confundida tristeza por haber dejado Lavapiés. Supongo que simplemente fui feliz allí. Pasaron cosas disparatadas de las que aprendí sin parar de reírme, golpes de suerte que aun celebro y también unos pocos golpes bajos que ya no duelen. El hedonismo salvaje y el nihilismo convencido que paseé por esas calles, a menudo borracho y rodeado de chicas bonitas y buenos amigos. No quiero reconocer que en realidad marcharme de allí simboliza para mí el final irreversible de una etapa de juventud rabiosa en que estuve perdido pero furiosamente vivo. Y gratamente acompañado. 

https://www.youtube.com/watch?v=23qqYzjP3lc

domingo, 14 de octubre de 2018

fin del verano




Ordesa, de Manuel Vilas

"Un día del verano del año 2003 los médicos quisieron hablar con mi madre y conmigo. No querían que mi padre estuviese presente.


El médico nos señaló dos sillas para que nos sentáramos. No dijo a bocajarro que mi padre tenía cáncer de colon de muy mal aspecto, y que nos fuéramos haciendo a la idea. Era un oncólogo a quien se le notaba bastante que tenía ensayados esos momentos, los momentos de la transmisión de la idea de la muerte que se acerca, los momentos de la devastación. Me impresionó esa actitud, porque de alguna forma ese hombre estaba disfrutando, no de manera inmoral, y no porque le diera placer la transmisión de la contundencia de la muerte o la divulgación de la catástrofe, sino porque creía que estaba haciendo bien su trabajo. Era como si llevara en su cabeza un laboratorio de palabras sobre la propagación de las noticias decisivas. Y hubiera hecho toda clase de pruebas, hubiera ensayado con toda suerte de palabras. Llevaba en su cabeza la articulación verbal de lo decisivo, pero no era un poeta, era un alienado más en este mundo de inagotables seres que se gastan en vano. 

Mi padre murió dos años y unos meses después de que el médico decretara esta estúpida sentencia. Aunque yo creo que mi padre murió por parecerle una idea interesante el vaticinio de aquel oncólogo y por no dejarlo en ridículo, por cortesía laboral con aquel tipo. 
La estupidez del oncólogo le pareció a mi padre una percha azarosa con la que salir de este mundo por invitación de alguien. 

No creo en los médicos, pero sí en las palabras. No creo que los médicos sepan demasiado de lo que somos, porque desconocen el mundo de las palabras. Sí creo en las drogas. La ciencia moderna ha delegado en los médicos la autoridad sobre la catalogación y prescripción de las drogas. La medicina vale si suministra drogas. Es decir, si suministra lo que mata. Las drogas son la naturaleza, estaban allí desde siempre. No nos dejan tomarlas a nuestro capricho. 
Hubo un silencio, y volví a mirar al oncólogo. Mientras mi madre le preguntaba alguna ocurrencia, de repente yo sentí más pena por la vida del oncólogo que por la de mi padre. 
Me pareció más deprimente la vida de ese hombre que la noticia de la enfermedad de mi padre."


(brillante fragmento de la novela Ordesa de Manuel Vilas, sin duda el libro de mi verano y la nueva mejor prosa, por divertida y doloroso, actual en castellano). 

martes, 9 de octubre de 2018

domingo, 23 de septiembre de 2018

vacaciones

Desprecio yo ese estado de excelencia médica improbable, esa grandiosa apariencia de madurez lúcida, dinámica pero tranquila, en que como doctor, no desconfíen ya de mí los pacientes por la inexperiencia percibida, pero aún tampoco por el seguro e inmediato sudapollismo hipercínico o demencia senil incipiente que le sucederán de inmediato sin duda y no querré ni podré disimular. Ese periodo, si existiese, y me llegara algún dia y tocara la solapa de esa bata que jamás llevo, y me llenara de gracia diagnosticadora, empatía infinita y sanadora resolución, si me alcanzase, decía, ese glorioso momento profesional antes que la inhabilitación o la cárcel, quiero gastarlo yo de vacaciones. Tampoco creo que dure mucho más. En un lugar absurdo y sin prestigio, un Torremolinos cualquiera, un Benidorm en temporada media, baja, mejor en temporada baja. Muy a salvo de ese respeto y credibilidad merecidos y esperados durante toda una vida de trabajo y estudio. A poder ser borracho, en chanclas y bañador, jugando a las tragaperras.

martes, 10 de abril de 2018

Fragmento profético de España de mierda, de Albert Pla

"-Pero la culpa de todo la tiene Isaak Westinhouse -prosiguió Quimi.
-¿Quién es Isaak Westinghouse?
-Fue un buen amigo mío, ingeniero de sonido y biólogo. Él fue quien desarrolló la teoría de los Borbones, un estudioso del poder de las letras, erudito del sistema bucal, sabio de las laringes. Sus estudios se iniciaron a partir de preguntas como: ¿Mueven igual el paladar y la lengua mientras hablan los alemanes que los chinos mandarines?, ¿la laringe de un francófono se ejercita del mismo modo que la de un mongol?, ¿es más flexible la lengua de un hombre que habla mucho en turco que la de una mujer que habla poco en danés?.
Raúl escuchaba atentamente, jamás había pensado en ese asunto. Quimi prosiguió:
-Pero ahora ya es demasiado tarde, el mal ya está hecho. Por culpa de Isaak, dentro de poco no quedará ni un catalán con vida. Todos morirán.
Quimi había conocido a Isaak hacía cinco años.
Claro que, cinco años atrás, Isaak aún no sabía que conseguiría eliminar de la faz de la Tierra a todos los catalanes.

Isaak Westinhouse, ciudadano alemán con residencia en Guatemala, hijo de madre polaca con abuelo ortodoxo ucraniano y abuela pakistaní, había consumado el genocidio.
Porque un año antes, la infección ya se había extendido entre todas las gargantas de los catalanohablantes.
Porque un año y medio antes se había aplicado el virus a todas las gargantas a lo largo y ancho de cataluña.
Porque dos años antes, los bombardeos constantes a las principales ciudades del país no habían surtido ningún efecto.
Porque dos años y medio antes, las tropas del ejército de los Estados Unidos desembarcaron en las costas del Garraf para invadir el país y derrocar a su presidente en nombre de las Naciones Unidas.
Porque tres años antes, la ONU había decidido apoyar al Ejército español en su intento de defenderse de Cataluña.
Porque tres años y medio antes los catalanes habían declarado la independencia de Cataluña.
Porque cuatro años antes los catalanes no sabían que Isaak Westinhouse ya había inventado una bacteria que provocaba una infección de garganta irreversible al hablar la lengua Catalana.
Porque cuatro años y medio antes, Isaak Westinhouse ya había conseguido descubrir un virus que se alimentaba de las cuerdas vocales en relación con los movimientos de la lengua, paladar y mandíbula, en cuanto tu boca se pusiera en disposición y posición de hablar esa lengua latina ya perdida para siempre.
Porque, cinco años antes, Isaak Westinhouse aún no sabía que iba a inventar una enfermedad infecciosa que acabaría con los catalanes.

No voy a decir que la totalidad de los miembros de las Naciones Unidas se sintieran satisfechos con la muerte de todos los catalanes, pero si la muerte de unos pocos millones de catalanes servía para salvar las vidas y la libertad de muchas personas en el mundo, valía la pena.
Se había evitado una guerra.
Así pensaba hoy en día Isaak Westinhouse.
Y a Quimi eso le entristecía profundamente.
Raúl se dio cuenta enseguida. Tito se había despertado e intentó arreglar el asunto de una manera radical.
-Esto se arregla fácilmente: dejad de hablar el catalán y...¡solucionado!
-Es una cuestión de principios -contestó Quimi, que ya parecía saber de antemano lo que diría Tito. Continuó-: Hay dos maneras de sobrevivir, callando o hablando el castellano. Yo preferí tomar voto de silencio y retirarme a Montserrat. Pero, aun así, ya es demasiado tarde, la gente está perdida, tenemos el mal dentro, tarde o temprano se desarrollará; podriamos evitarlo hablando otros idiomas, pero la mayoría de los catalanes prefieren morir antes que hablar el castellano."

(fragmento de la novela lisérgica de furgoneta y rock "España de mierda", de Albert Pla. Y sí, Quimi es Portet, ex-Último de la fila. Y sí, la primera edición se publicó en noviembre de 2015, casi 2 años antes de la (no) celebración del referendum catalán del 1 de octubre de 2017 y la sucesión de acontecimientos posteriores que aún pueden hacer realidad la ficción distópica de la novela. Leer para creer, amigos. Ficción pesimista para evadirse, o prepararse, de o contra, una realidad peor. O reirse de todo ello. La novela divierte por alguna escena disparatada y absurda o asusta un poco, también, por no tan imposible. Recomiendo todavía más la entrevista a Albert Pla en carne cruda, dejo el podcast: http://www.bifmradio.com/radio/carne-cruda/311-pla/)

domingo, 25 de marzo de 2018

Propios y extraños, un poema (para un año) de Benjamín Prado

"PROPIOS Y EXTRAÑOS


Lo dice todo el mundo: ya no soy el que era.
Me llamo como el otro,
uso su ropa,
vivo en su casa y firmo lo que escribe;
pero el resto es distinto,
tiene razón la gente.

El hombre que creía
que nada más que el miedo consigue que las cosas
parezcan lo que son;
el hombre al que admiraban igual que a los delfines
que escoltan a los barcos sin saber dónde van;

el que colmó su sed
como quien bebe el agua de un vaso donde hubo
unas rosas cortadas;
o el que aún no sabía
que resulta imposible ser uno mismo a solas;
ése, ya no soy yo.

El hombre en cuya mano estaba escrito:
-No hay vida más vacía que una tumba sin flores.

El que no sospechaba
que ser independiente
es poder elegir
a quién necesitar.

El hombre con dos caras que jamás era él mismo.
El hombre que quería estar solo y no pudo
porque ya no quedaba sitio en la soledad.

El hombre que pasaba de largo por los otros.
El hombre que no supo
que el silencio no estaba nada más que en su oído.
El que ya no creía.
El que no te esperaba...

Pregúntale a cualquiera. Lo dice todo el mundo:
-Ya no eres ni la sombra del que fuiste,
desde que esa mujer está a tu lado."


Benjamín Prado