martes, 6 de noviembre de 2018

desde un palomar


No echaré de menos el rodar incensante de las maletas sobre el adoquinado. Voy a echar de menos ver partidos de baloncesto televisados en la Mina con olor a gambas a la plancha. Los versos de Batania a eding negro sobre los cubos de basura en la acera, frente a cada portal de mi calle, mientras se inauguraba el día y me dirigía al trabajo, eso sí lo voy a echar de menos. No echaré de menos los narcopisos, el Carrefour abierto veinticuatro-siete, los desahucios de ancianos y enfermos. Voy a echar de menos el Café Quino, que después se llamó Dr. Steam. La filmoteca (cines Doré), los conciertos en Tabacalera las tardes de domingo y lluvia. Los futbolines en la Revuelta tras las manifestaciones de la marea blanca durante nuestra huelga sanitaria. Aquel solar de la plaza en que se construía vecindad y ahora es un flamante hotel de compañía multinacional y una conocida hamburguesería de franquicia. No voy a echar de menos los regueros de orina seca atravesando las baldosas del cruce de Ave María con calle Esperanza, las estridentes despedidas de soltera, las escaleras del teatro Valle-Inclán tapizadas de yonkilatas los sábados por la mañana. Voy a echar de menos la música en la calle, desde mi balcón luminoso, los olores a cuero y a curry. Volver en bici de la Casa de Campo, sudado y contento y saludar a los perros de mi vecina. La tienda de discos Bajo el Volcán, la panadería de Moha. La peluquería tradicional Mj estilistas, a la que empecé a ir con Rodri, cuando nos mudamos. La pollería de calle Valencia donde trabajaba la madre de Ainhoa, la chica que conocí en el gimnasio de Doctor Fourquet, que ya también ha cerrado. Las noches de fiesta que pasamos juntos todos los que ya nos hemos ido a vivir a otra parte (quizá también a vivir otra parte, de algo). Frente al Juglar y el Chiscón, apoyados en los coches aparcados, tomando el frío a la luz de las farolas, en la plaza de Ministriles (Xosé Tarrío), en las escaleras de la plaza de las escuelas Pías (Agustín Lara-Arturo Barea). Aquellas noches vertiginosas y desenfocadas que no acababan nunca. En que todo lo que podía pasar nos pasaba.


Este es mi quinto alquiler desde que dejara la casa de mis padres hace más de 6 años. Calle Pedro Unanúe, Calle Tarragona, Ronda de Valencia, Calle Ave María, y ahora ésta. Y va a ser la primera vez que viva solo. En Barcelona y Compostela no duré ni 3 meses, fueron más unas vacaciones trabajando que un intento de hogar. Ahora mi domicilio está en el cuarto piso sin ascensor de una corrala pendiente de reformar y más alejada del centro. Abro el portal y huele al detergente húmedo de la ropa tendida, también un poco a marihuana fresca, casi a los guisos de las cocinas exóticas de mis vecinos de países lejanos. Subo las escaleras empinadas de madera vieja y cruje hundiéndose unos milimétros cada escalón bajo mis pasos. Al menos viven aquí una familia numerosa de Bangladesh, una joven pareja oriental (por sus rostros no sé ubicar geográficamente su origen con más precisión) y un tipo español ya entrado en la cuarentena, fascinado, supongo, por la música electrónica. Quizá con secuelas neurológicas de la tardía resonancia que tuvo en Madrid la ruta del bakalao valenciana hace casi 20 años. Veo pegatinas de la discoteca Radical adheridas a su puerta y su nostalgia me produce ternura. También vive aquí, junto a su perro, un molesto pastor belga, la presidenta de la comunidad, una robusta mujer con un extraordinario parecido físico a la temible profesora Tronchatoro, directora de la escuela de Matilda. Y mi vecina más próxima, que sólo oigo pero nunca he visto, y cuyo felpudo reza: "hoy no duermo sola".

No sabes lo que aprecias un objeto material hasta que no lo salvas de la quema de recuerdos que es una mudanza. Hasta aquí me han acompañado un viejo molinillo de café robado, una caricatura monstruosa de mi rostro dibujada por Chema, una (Julio Cor-) taza de desayuno, regalo literario y guasón de Sol (que me descubrió así Blogger de Niro) y el póster en papel pluma que me regaló Alfonso, aquella Oda a los viernes, queridísimo fragmento de Héroes de Ray Loriga. También una chapa de Aleatorio, el bar de Escandar, y otra del grupo de música Talco, recuerdo de su concierto en el festival Shikillo de Candeleda. La bufanda del estudiantes que compré con Ángel. El tronquito barnizado que nos regalaron los chicos del campa de Marina en el que cocinamos aquel verano. El mismo felpudo que regalé a Elenita y cruzó el atlántico hasta su puerta, protege también la mía. Me recuerda a diario que la distancia nos acerca, que todos somos nómadas y olvidarlo una moda.


Es tan pequeño y encaramado, que al visitarlo mi amigo Pablo, nunca desprovisto de ingenio y maldad, disfrutó definiendolo como "un palomar". Y así quedó cariñosamente bautizado hasta hoy. Estoy cómodo aquí, después de invertir trabajo y tiempo, de una incansable tozudez y bastante ayuda. De sudor a pesar de ventiladores, de manchas de pintura plástica en el pelo, de mis cuádriceps agotados subiendo cajas a pulso por la escalera empinada, siento ahora este espacio como mío. Una especie de lenta conquista del inmueble desafortunado e impersonal que era, por la identidad voluntariosa que ahora soy, por simplemente lo que vivo y cómo, porque lo voy a vivir aquí, y saberlo me basta.

Aun así, no puedo evitar identificarme una cierta, confundida tristeza por haber dejado Lavapiés. Supongo que simplemente fui feliz allí. Pasaron cosas disparatadas de las que aprendí sin parar de reírme, golpes de suerte que aun celebro y también unos pocos golpes bajos que ya no duelen. El hedonismo salvaje y el nihilismo convencido que paseé por esas calles, a menudo borracho y rodeado de chicas bonitas y buenos amigos. No quiero reconocer que en realidad marcharme de allí simboliza para mí el final irreversible de una etapa de juventud rabiosa en que estuve perdido pero furiosamente vivo. Y gratamente acompañado. 

https://www.youtube.com/watch?v=23qqYzjP3lc

2 comentarios:

Sol dijo...

Qué bonito esto. Feliz anidación.

DrWiler dijo...

Muchas gracias querida.