sábado, 28 de noviembre de 2015

Setecientos millones de rinocerontes, de Manuel Vilas


"Claro que el alcohol nos mata, pero no a todos. Tiene sus misterios. Y no hay dos bebedores iguales. Claro que está muy mal visto, porque conduce a la persona a la ruina social, laboral, económica y moral. No obstante, esas ruinas son construcciones imaginarias. Si tuvieras un cáncer, la ruina sería la misma. Contabilizas lo que te has bebido del minibar y te entra pánico económico. Diste una tarjeta falsa en recepción; no piensas pagar nada. No se puede cobrar a los alcoholicos. Miras la mañana de Roma desde el ventanal de tu espéndida habitación y acabas desayunando las dos cervezas del minibar; entonces sientes esa euforia luminosa y te sientes en paz con todo. La gente huele a los alcohólicos enseguida. Cantamos. Enseguida se nos pilla. Nervios. Conversaciones erradas. Falta de armonía. Falta de todo. Falta de serenidad. Falta de solidez. Pero la solidez es una virtud del capitalismo. Miras alcohólicos mendigos tumbados en la calle, a esos les va peor que a ti. Es verdad que el cerebro de un alcohólico tiene que ser un espectáculo nauseabundo desde el punto de vista neurológico, pero también debe de ser un espectáculo nauseabundo un cáncer de hígado o de garganta, de modo que todo es lo mismo. Al alcohólico, sin embargo, se le estigmatiza. No se le da el trato de enfermo. No, por Dios, no somos unos enfermos. Somos divinidades caídas. El alcohólico quiere que todos los días sean el mayor acontecimiento del mundo, y en ese anhelo fracasa y fallece. He conocido, en mi vida, a tantos seres insípidos. Y he conocido a tantos alcohólicos violentos, desagradables o agradables, da igual, pero al menos no te dejaban indiferente. Creo en los filtros de la vida. Creo en la primavera. Creo en beber solo en medio de un río desconocido. Creo en el frío que debe acompañar a un buen vino blanco. Creo en la creación industrial de los macizos y duros cubitos de hielo que deben acompañar a un whisky. Los alcohólicos somos un espectáculo necesario en la polis. Sin nosotros, no existiría el No-Ser social, etcétera. Y además, de vez en cuándo alumbramos algún genio: la literatura, por ejemplo, está llena de alcohólicos. Todos bebieron demasiado. Todos, poetas y novelistas, desde Lowry a Faulkner, desde Poe a Dylan Thomas, todos eran supremos borrachos. Eso sí me ha interesado. Leerlos no. El alcohol los calcinó. Siempre nos miran con cara de pena. No sé qué demonios nos estamos perdiendo, para que nos miren con cara de pena. Seguro que nos estamos perdiendo algo verdaderamente importante, pero el qué. No consigo averiguar qué." 

"...dice que yo era un ególatra y que por eso escribía sin parar en todas las revistas y periódicos de España. A mi me parece que un escritor lo que debe hacer es escribir. Como un arquitecto debe hacer casas o edificios o iglesias o lo que sea, como un guardia civil debe poner multas y dar por culo a la clase media española, pues lo mismo un escritor: escribir, que es otra forma de dar por culo y también de poner multas a la globalidad de la vida y del mundo. Escribir es eso, una enmienda a la totalidad. Escribir esperando la llegada de..."

 "Bebo whisky, el excelente Chivas 12, hay algo en él, algo en ese líquido denso, algo sagrado, como la sangre de setecientos millones de rinocerontes. Es como el sabor más fuerte y sólido de la vida. Rompe la fortaleza de la carne cuando entra en la boca. Anestesia con dulzura los dientes. Adormece los labios. Besa el paladar. Adoro este whisky. -Eres una mujer extraordinariamente hermosa, muy bella, y tu cuerpo es perfecto -dice Manuel-. Cuéntame qué te pasa. - Antes háblame de ti. - Tengo treinta años, estudiaba una carrera que no me gustaba, la dejé. (...) -¿Y qué haces ahora? - Trabajos eventuales.- ¿Y amores? - Amores eventuales. Me gusta escribir. Por eso me hizo gracia que fueras profesora de Literatura Española en América. - ¿Qué escribes? - Poesía. (...) - Mi novia me ha dejado -le digo-, y he venido a España a matarme."

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