sábado, 2 de julio de 2016

French Harina, de Raúl Ferruz (fotogramas de una vida II)

ATOLONDRADO

Me siento como un animal recién parido,
atolondrado y nervioso,
arrogante ante la inmensidad de la vida.

Y el cerebro suspendido por la cafeína,
flotando como una patata en agua hirviendo,
como unas bragas sujetas por dos pinzas
ondeándole a la vida.

La prosa es la puta de la poesía. 

Me siento como un animal recién parido, 
un borbotón de lo que será una fuga.

Verle las orejas al lobo
ayuda a recordar
que sigues estando en el bosque. 


PALOMAS

Me desperté e hice la cama en todas las habitaciones de mi cabeza.
Y tu olor, bajo las sábanas, atrapado como un insecto entre las páginas de un libro. He pensado en ti, de un modo impreciso. Como alguien que consulta la previsión meteorológica de una ciudad extranjera. 

El niño que sueña con comerse a las palomas dice que sólo sueña con comerse algo que vuele. Al abrirle el pecho han encontrado un corazón de cera y plumas en el intestino. El forense me ha dado un bote pequeñito que ahora reposa sobre la mesita de noche. Junto a tu ausencia. 

Alguien debería deshacer las camas, de nuevo, en las habitaciones de mi cabeza. 


BORBOTONES

Cuatro quesos y heroína.

oligofrenia rumana,
Enola Gay fumigando
nuestras entrañas.

Tus ojos,
el color del iodo
sobre las heridas.

Heroína,

y los poros del cerebro
abriéndose como tulipanes
mecánicos.


CENIZAS

Me desperté, me hice una paja, y me afeité. Cogí un billete de cincuenta de entre las páginas de Veinte mil leguas de viaje submarino, y bajé a la calle. El calor se agarraba a los cuerpos como las manos de un violador. Arranqué el motor, y salí de la ciudad. 
Crucé la costa con las ventanillas bajadas y me detuve ante la puerta de su casa. Mi padre leía el periódico al otro lado del jardín. Entré, me abrazó, y comimos y bebimos el resto de la tarde. 

Como en cualquier noche de Agosto, hubo una mala pregunta, y fue mía. ¿Qué canción quieres que suene el día de tu entierro? Los dos nos quedamos en silencio mirando las cortezas de queso mordidas sobre el plato. Me fui de su casa, y se quedó sentado en el borde de la cama. La camiseta de tirantes reposaba sobre su barriga como un animal tranquilo. Me di cuenta por primera vez de por qué le quería. Ocurrió de repente. Como la lluvia inesperada. O el olor del barro recién pisado. 

Subí al coche y encendí un cigarro. Me quedé mirando al fondo iluminado de la piscina mientras en mi cabeza sonaba el Hallelujah de Jeff Buckley. Salí de allí, y pensé en el día que Keith Richards esnifó las cenizas de su padre. Nadie pareció entender un gesto de amor tan puro. El acto siempre está por encima del pensamiento. 







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