domingo, 20 de abril de 2008

Entrevidas

Algunos por muy poco.
Otros aceleran el paso sin esperanza en los tobillos, con el fracaso premeditado molestándoles entre el diente y la encía.

No me consuela. Me divierte.
Ellos, otros. Pierden trenes y yo lo observo.
Y me parece una metáfora triste y hermosa.

Se lamentan.
Arrastran de las muñecas una culpabilidad áspera y pesada.
De la mirada les cuelga chorreantes el remordimiento y la decepción, manchándolo todo allá donde miran, mientras el tren comienza a alejarse despacio.
Ellos caminan. Siguen caminando conscientes sin embargo de que ya no servirá de nada.

Cargan con bolsas grandes. Tienen el rostro desenfocado. Huelen a gris.
Conforman una masa anónima.
Son pequeñas piezas sin identidad de una especie de ejército de perdedores ausentes.
La cola del supermercado. Esa piscina comunitaria. La mesa de enfrente en el examen teórico de conducir. Reconocería a uno de ellos en cualquier momento y lugar.

No sé a donde van. Y sospecho que ellos en realidad tampoco.
Pero todos parecen merecer perder sus trenes.
Y yo, espectador privilegiado, presencio una y otra vez el mismo ritual desde detrás de estos guantes de látex… Y me encanta.

No pierdo detalle. No disimulo. No me esfuerzo en aparentar hallarme inmerso en cualquiera de mis tareas de fregona, bolsas de basura y desengrasante.

En ocasiones, incluso me acerco a tan sólo unos centímetros. Avanzo deslumbrándoles cada vez más con mi uniforme reflectante hasta que pueden percibir el olor agresivo del amoniaco. Y entonces, sólo entonces…

Les miro fijamente a los ojos.
Y me río.

1 comentario:

Iván dijo...

Jajaja! Mola!