domingo, 6 de noviembre de 2011

Tokio ya no nos hiere III


Decido, con muy buen criterio, no pasar la noche en las cabinas del aeropuerto, porque en esos nichos apenas le caben a uno los pies y porque resulta mucho más estimulante, para el cuerpo y para el alma, darse una vuelta por el infierno amable de Cao San Road. Ahora no tengo que registrar mis movimientos ni justificar mis gastos. Ahora puedo mirar las calles y dejar que los mensajes se acumulen en el correo electrónico como cartas en la puerta de un muerto. Ahora el placer es la primera y la única de mis prioridades. Ahora podría pasar la noche bailando y la noche siguiente también, si quisiera.
Pero no quiero.
Ahora puedo olvidar la imagen de la mujer, tu imagen, cada vez que aparezca.
Y después olvidar haberlo hecho.
El monorraíl entra en Bangkok y la gente se amontona en las estaciones y debajo de las estaciones, esperando un sitio en el andén. Bajo por las escaleras, primero al nivel de la autopista y luego al nivel de la vía lenta y aún otro nivel más hasta el suelo. Las barras de luz bajo los paraguas iluminan las caras de los cocineros y los clientes, a uno y otro lado de los puestos de pescado hervido. En Cao San Road se juntan todos los colgados del sudeste asiático esperando dinero, billetes de avión de saldo hacia cualquier esquina del planeta, visados, lo pero de la química amateur, cualquier cosa para seguir el viaje. Cao San Road es la gran estación para los viajeros en tránsito, el limbo, la sala de espera. Nadie quiere quedarse aquí mucho tiempo, y el que se queda aquí mucho tiempo sabe que las cosas no van bien, aunque por supuesto guarda siempre la esperanza de que todo mejore. Como se espera a que pare la lluvia. Con la misma esperanza imprecisa. Cao San Road no es nunca el final del viaje.

Los vendedores de cerveza se pasean arriba y abajo de la avenida con sus neveras de plástico colgadas del cuello. Me compro una lata de cerveza local, cojo una habitación en un hotel no demasiado sucio, me doy una ducha, me cambio de ropa y bajo a los callejones, detrás de los bares llenos de extranjeros que pasan las horas viendo películas americanas en televisiones colgadas del techo con cadenas. Compro un gramo de coca, algo parecido al DMT, y una bolsita de marihuana. Por supuesto me subo a dos preciosas tailandesas a la habitación. Bebemos, fumamos, nos metemos casi toda la cocaína y un poco del nefasto DMT. Me las follo a las dos con desesperación. Follar sin amor siempre es un acto desesperado, sobre todo para un viejo niño católico. Les pago más de lo que piden y menos de lo que merecen. Con la química que llevo en la maleta, el dinero va a dejar de ser un problema durante una buena temporada. Una de las chicas se larga enseguida, la otra se queda conmigo. Me cuesta dos o tres horas más quedarme dormido. Veo amanecer y miro pasar los vagones del monorraíl desde la ventana. Por un momento tengo la sensación de que ésta va a ser la mejor semana de mi vida y hasta puede que la última.
Me duermo pensando en la mujer que aparece en los sueños y fuera de ellos.
Sé cosas de nosotros y guardo otras cosas que imagino, como si fueran cartas firmadas con sangre.
Por fin estoy dispuesto a olvidarlo todo.
(...)
Ya no hay nada que la química no pueda esconder ni nada que la química no sea capaz de traer de vuelta.

(fragmento extraído de Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga)

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